Corazones de internet

Por Fernando Rocha

Mi soledad incendia la luna. Soy manco de posibilidades, una geografía incircuncisa, ¿dónde están los abrazos de agua, el himen de sol, los guiños de tierra y la sonrisa de aire? No soy ni resort de los corazones, sólo un panóptico para idilios que solloza. He centrifugado a la sociedad al helar mi identidad, mas en Internet soy deseo e incógnita:

el smartphone de pubis + el semen de wifi + la internet de placenta =  ciudadano de tu gadget

Soy manco real pero pulpo virtual, ¡aquí está el cerebro de Facebook, el puño de Twitter y el dildo de Tinder!

Me inmaterializo con el bautismo de la arroba y, lactante de Gmail, comienzo a militar en MeetMe (maté a Fernando Rocha para ser Feifer_Rh), app de magnetismo social, zoológico de ansias y hotel de frustraciones. Sudo ocio así que fumo el día paladeando las hazañas de los demás usuarios: el celular escupe bahías, daiquiríes, bebés, tatuajes… Conozco a todos y a ninguno, pero cada uno es nadie y todos, aquí se publica la privacidad y se privatiza al público: sembramos nuestros secretos pero somos tallos de generalizaciones ―‹‹si sexteo, el mundo es mi burdel››,  ‹‹si me han acosado, tú eres acosador››―. Asimismo, la condena de ser incógnita y deseo es ser relativo a lo relativo, me multiplico (sólo si mi libertad es elástica): si X erotiza, soy orgasmo, si Y amista, soy carcajada, ¿entonces la web, las apps, son fábricas ontológicas?

Pero entre los fitness, los drag-queens, los memes y las geografías de pixeles, ella, la que no bebe novelas en un cafetín ni es Afrodita en el autobús ni es prosélita del pintarrón, pero que sí es un nickname adosado con mi deseo e incógnita, la que es una rebanada de la realidad, una hipótesis fotográfica: cabello de volutas, rostro espumoso, chocolates de retina, labios de chicle y escote volcánico.

Paradoja: el chat desnuda la fotografía y la mirada tapiza la conversación. En él dos mancos se apuñalan, torean la “identidad” del otro: la selfie del perfil se desgrana en ideas para que éstas cuezan la selfie en el diálogo, ¿mas por qué este examen ontológico? Aquí no se padece enamoramiento óntico pero sí violación ontológica, aquí no hay sentidos embotados pero sí esencias afiladas, por eso el usuario es sujeto cuando extirpa emociones y el sujeto es humano cuando injerta sentimientos. Y ella no es una soledad con jeans, flats arrebolados y blusa de leche, una esencia esclava de sus accidentes (que me vuelve esclavo de mi inmediatez sensible), ella es un chat con óleos y geometrías anónimos, un accidente cibernético liberto por su esencia (que me libera por mi lejanía sensible). Ni el andén ni la catedral ni el parque son nuestros países, el gadget ocioso es nuestra caverna: deshojamos la jornada, el transporte público y la vigilia en un chat diáfano; la palabra vomita nuestras esencias pues es el corazón y no el pubis quien teclea. La mentira se asfixia con nuestro hálito inteligible.

De MeetMe evolucionamos a Whatsapp y después a Facebook, una estasis informática desde un vaho de personalidad hasta la personalidad de un vaho, porque no somos un match de Tinder ni froteuristas del metro para rasguñar con instantes; no fuimos barajeados por las circunstancias, nosotros barajamos las circunstancias y vertimos la historia en emojis pues, coronada de meses, ella ha vuelto alados a los muñones de mi día, su obertura es un pizzicato del smartphone y me despeño hacia la pantalla y valsamos con nuestra orquesta de porvenires: un hogar de pasaportes y dos anillos. Ella no está en Google Maps pero sí en mi sangre, porque el amor no necesita un cohete de carne para gatear y no somos una erección de la realidad por masturbación de la imaginación como los coqueteos sensibles.

Es vicio de la esclavitud considerar al amor una ciencia, un enamoramiento empírico con amorosos nomotéticos. Nosotros somos libres al ser un noviazgo de ideas, nuestra experiencia es la voluntad y la ley es deseo. Las manufacturas sociales afirmarán que los sentimientos son dones de la materialidad cuando nosotros ya demostramos que los sentimientos son estallidos de esencia. Desde el smartphone hemos secuestrado más universo que el mundo con sus citas deconstructivas de universo. El amor debe entenderse no como un conocimiento óntico sino como una expresión ontológica.

Entonces aterrizó el día con ella de maleta. No me cité con una desconocida sino con una idea y la hipótesis fotográfica ahora es hipótesis ontológica. Los kilómetros evolucionarán a abrazos, el emoticono a alma, las teclas a besos y…

¡La veo! / Confieso que las redes sociales… / ¡Mi insomnio ha encarnado! /…enmarcaron el meñique de mi cataclismo: / ¡La diosa de mi gadget! /…mi manca sonrisa quiere suicidarse… / ¡Mi deseo e incógnita! /…por el balcón graso de mi vientre… / ¡Ella! /…pues la alopecia es mala corona para el enanismo, / ¡Cristal!

Sensiblemente ella es mi reflejo antagónico (gigantismo de alfiler y arrugas), pero inteligiblemente yo soy su ceguera semejante.

La bienvenida es muda porque hoy termina una despedida ensordecedora: su alma sabe a crepúsculo y su cuerpo sabe a ella.

Conjugados, el tiempo se peinará con nuestros latidos y alfabetizaremos al mundo con nuestros lunares. El aire ya nos respira.


Imagen: http://ladynumber1.com/love/idei-dlya-romanticheskogo-vechera-doma-dlya-dvoix.html

Comentarios

Comentarios