Confusión

Por Hugo Sánchez

Me miro al espejo y no me reconozco.
Un completo extraño que cree dominar el arte de vivir,
un iluso cotidiano, así me veo. Estoy confundido, absorto
y adherido a esta vida. He recaído: ¿qué hago aquí?

Estoy aterrado. A pesar de los paralogismos creados con disimulada dedicación durante todo este tiempo, aún se asoman de vez en cuando para hacer acto de presencia, para rescatarme o quizá sólo para molestar: la consciencia y el tiempo.Siguen allí. Su odiosa mueca apunta, inequívoca, a una sola dirección: craso error, la monotonía, igual que la filosofía, la soledad y el alcohol, tampoco alivia el desconcierto terrenal; se agotan los recursos y eso me aterra.

He vuelto –y creo que en esta ocasión de manera definitiva– a las andadas reflexivas, aunque me resisto a la evidencia: media docena de botellas vacías e irrecuperables horas de estupor, me dan la bienvenida a suelos de emocionante aventura intelectual que pensaba sujetos a la edad, y por tanto, superados. La realidad comienza a desvanecerse y se torna sombría. Todo es apariencia, optimismo e inventiva… me alejo de la realidad idealizada, estoy de vuelta.

Es momento de izar la bandera blanca, de asumir dignamente la rendición. Jamás podré deshacerme de la consciencia y del tiempo, menos todavía de su incómoda combinación, o sea, del tiempo consciente. Ser un perenne intérprete de la vida –un infeliz–, esa es mi consensuada condena. Si la enfermedad resulta incurable, ¿entonces por qué esforzarse en conseguir un paliativo? Sería mejor disfrutarse en la locura y convertir lo aparentemente negativo en un polo liberador; hacerse único en este Universo propicio para la generación. Un tratado de paz con mis demonios, es lo que necesito para aligerar las tensiones. Después de todo, ellos y yo, debemos trabajar conjuntamente y favorecernos por los mismos vientos: icemos la bandera blanca, es el turno de la paz estridente.

Ahora que de nueva cuenta la inmediatez se antoja cruda y fría, desempolvaré la toga para enjuiciar, como en aquellos tiempos de constante redescubrimiento, todo cuanto amerite tener un valor específico. Desde que abandoné las “rueditas” del dogma y aprendí a tripular el librepensamiento con las caídas como excepción, reparé en que la nada intrínseca a cualquier cosa únicamente es –para quienes descartan la opción del suicidio– un punto de partida, mas no un estado de permanencia o renuncia. Por ello, para vivir hay que valorar y revalorar las cosas (crear), siempre dejando en claro el poder que tenemos sobre ellas y cuidándonos de la influencia que invariablemente ejercen sobre nosotros. Somos el soberano de nuestra realidad –es decir, de una pequeñísima, aunque infinita parte de la existencia–, el artesano de las circunstancias y el amo de nuestras emociones. El ser humano, no obstante sus ridículos devaneos que hacen descansar el curso de las cosas, cuando no en la “suerte”, sí en el destino o en la voluntad divina, en todo momento –cual escultor macedonio– propende a moldear la realidad en función de sus múltiples necesidades. De ahí que, sin mayores miramientos, secundado por alguna suerte de paranoia, sentencie irrevocablemente: todo es crudo y frío, o sea, apto para ser moldeado a nuestro antojo.

Sin embargo, la sobriedad intelectual que me impele es insuficiente: me encuentro verdaderamente confundido, es decir, turbado y fundido en una dinámica social que vivo pero no acepto –y muchas veces tampoco tolero–. Sí, a su paso el ingenio ha iluminado lugares ocultos y desconocidos para muchos, pero nada más. ¿De qué sirven los numerosos vacíos hallados si no sabemos cómo darles algún sentido? Un abanico de vacíos constituye mi panorama subjetivo: mi vida es el acertijo que desmorona cualquier criterio. Todo reside en determinar qué hacer con este plano material –juego nada sencillo–. ¿Tan sólo se trata de un escenario?, ¿un instructivo hermético?, ¿un manantial de inspiración? Eso es lo de menos. Estamos aquí, tú y yo; aceptemos ese hecho. Actuemos y, de ser posible, vivamos: el tiempo nos dará la razón, o en el mejor de los casos nos la arrebatará para sumergirnos en un mundo más interesante: el de los locos. Sé que todos, de alguna u otra forma, queremos liberarnos de esta objetividad. Sé que la sobriedad intelectual siempre será insuficiente.

No dejo de preguntarme: ¿qué sería de nosotros si no pudiésemos, al menos por un instante, escaparnos de la realidad? Nos ahogaríamos de tanta tragedia, me queda claro. Bien a través de las cargadas líneas de un escrito, con la silenciosa contemplación del todo y de la nada, o bien mediante el sereno disfrute de una pieza musical, el ser humano necesita olvidarse de su vida inmediata, no en pocas veces repleta de asegunes. Cual nadador que a cada determinado tramo de agua recorrido asoma la cabeza para adquirir el hálito que le permitirá continuar con su ardua trayectoria, así el hombre necesita negar la realidad –es decir, oxigenarse de lo irreal– para mantenerse en ésta. Escapémonos y neguemos esta realidad. Cobremos venganza de todo cuanto se contrapone a nuestros ideales mediante la creación: este es el mejor regalo que podemos hacerle a la vida, enriquecerla. Inevitablemente nadamos entre la tragedia, evitemos ahogarnos en ella.

Se marchan, una a una. Las personas a mi alrededor, con desinteresados y seguros movimientos, parten a su lugar de origen. ¿Cómo es posible tal grado de superficialidad? Me pregunto recriminándoles su desatención a mis alineaciones vespertinas, como si las mismas fuesen de interés cósmico. Estoy altamente confundido. Estoy en problemas. Uno se sabe en medio de un lío existencial cuando lo aparentemente insignificante, lo que de suyo debe suceder sin mayor complicación, se convierte en motivo de innumerables reflexiones al cabo de las cuales los axiomas más viejos y respetados –por descuidados– terminan modificándose, haciéndonos la vida más desdichada e incorrecta. Aunque debo confesar que esto me brinda una buena dosis de orgullo: alguien ha de encargarse de lo fundamental y sufrir ante ello. La mayoría solo está lista para caminar sobre la superficie como si no existiera algo más. Esto explica porque el verbo rector de las relaciones personales en mi vida ha sido “alejar”. Ellos se alejan, uno a uno, mientras yo me quedo: yo y mí en uno solo.

Estoy fundido a una naturaleza ríspida, a un ser intransigente. Estoy con los hombres, con sus consecuencias. Estoy confundido y fundido, agotado, con esta realidad.


Imagen: http://static.diario.latercera.com/201302/1697388.jpg

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