¿Cómo actuamos?

Por Brandon Ramírez

Una de las lecturas que realicé en la preparatoria, y que desde entonces nunca he olvidado, ha sido la referente a los imperativos categóricos en Immanuel Kant. Parafraseando, asume que ante cada acto debemos hacer una valoración ética, con implicaciones morales, es decir: cada uno de nosotros debe actuar como quisiera que todos los demás lo hicieran. Si para nosotros el respeto es un valor deseable, y queremos ser tratados a través de éste, entonces debemos comenzar por actuar consecuentemente y tratar a los otros con respeto.

La sabiduría popular construida por nuestras sociedades, tienen su propia versión de esta idea, expresada en distintos dichos, que incluso han sido trasladados a medios de entretenimiento. Un ejemplo trillado es la figura estereotípica del héroe retomada por la literatura o el cine, que sin importar las circunstancias adversas que le rodeen, siempre debe hacer lo correcto, actuar bien. Esto no implica que ello conlleve una ventaja práctica, más bien, es resultado de una reflexión sobre lo que es deseable, a través de la moralidad vigente de su contexto. Al final, los héroes de las historias que contamos son construcciones simbólicas del deber ser, la personificación de la moralidad.

Otro ejemplo típico dentro de la cultura pop, aunque con su reinvención cinematográfica de este año comenzó a desdibujarse como tal, es el personaje Batman, famoso por su apego a su código moral, que le impide utilizar armas mortales, y asesinar. La idea que subyace es que uno no puede aspirar a hacer el bien a través del mal. El fin nunca justifica los medios (contrario a la idea erróneamente atribuida a Maquiavelo); a lo sumo, el fin determina distintos caminos para los cuales acceder a nuestro fin, y nosotros decidimos cuál tomar. Todos los superhéroes hacen el bien, buscando inspirar a otros a seguir su camino y triunfar contra el mal.

Actuar bien (apegado a los valores positivos para nuestra sociedad) puede no darnos un extra o una recompensa material, puede que incluso nos restrinja de obtener algunos a los que accederíamos de actuar mal, pero nos dota de cierta autoridad moral para exigir a aquellos que no lo hacen, un cambio en su comportamiento, en beneficio de nuestra sociedad. Hablando en términos prácticos: alguien que no participa en actos de corrupción, puede que no se enriquezca como todos aquellos corruptos que incrementan sus ingresos por medios ilegales (e inmorales), pero es la única persona con credibilidad y autoridad para exigir castigo a éstos últimos.

Pasando a otro nivel, para aspirar a ser represente en cualquier nivel de otros, personalmente considero que se necesita autoridad moral en el tema, ya que precisamente se convierte en un punto de referencia sobre cómo es el resto de personas que le eligieron. Si se quiere ser representante de un gremio específico, dicha persona debería tener una carrera apegada al comportamiento que se espera de las mismas, por ejemplo, un juez en principio no debería haber quebrantado una ley, o un policía de tránsito nunca haber abusado de su puesto para no obedecer los reglamentos de vialidad. Evidentemente será difícil esperar que una persona lleve una vida pulcra y ejemplar desde su nacimiento hasta su muerte, dudo que fuera de las figuras religiosas, exista un ejemplo en nuestro planeta de alguien así.

Sin embargo, sí que las exigencias de una vida sin grandes manchas en su historial aumentan cuando se accede a un puesto de elección popular. Como mencioné, si se aspira a representar a alguien, como en las democracias representativas, y con mayor razón si hablamos de un país tan grande como el nuestro, donde se representa a millones de personas tanto si se es diputado, senador, gobernador o presidente, al ser éste un puesto público (con un carácter social y en todo sentido financiado por los impuestos de todos), se espera una actuación cercana a la ejemplar en su desempeño, y a priori cierto nivel de autoridad moral. Los poderes ejecutivos de los distintos niveles, al ser los encargados de ser el jefe de la administración pública, y de poner en prácticas todas las leyes, lo menos que se espera es que sean los primeros en cumplirlas (esto es extensivo para los legisladores que crean las mismas leyes y los jueces que se encargan de sancionar su omisión).

Sorprendentemente, en nuestro país hemos normalizado más bien el comportamiento opuesto, dando por sentado que los actos de corrupción son parte del día a día de los órganos de gobierno (y en las relaciones sociales en general), y tristemente obviándolos, si bien llegan a ser censurados por organizaciones y cuentan con respaldo cuando surgen las notas mediáticas, después se olvida. Incluso me parece más triste que, el tema del momento referente al plagio académico, sea soslayado. Como estudiante, y miembro de una comunidad académica, tengo en alta consideración la integridad académica, y que sea tildada de algo menor y sin importancia, me parece algo insultante.

Respetar las normas, reglamentos y leyes más cotidianas, y en teoría más fáciles y necesarias de cumplir, desde los primeros años de nuestra vida, nos va formando como ciudadanos. Comenzar a saltarnos éstas, pasándonos los altos, no utilizando el cinturón de seguridad, tirando basura, fumando en espacios cerrados, copiando en un examen o trabajo académico, etcétera, va normalizando la ilegalidad y el quebranto de todas las normas e integrándolo a nosotros mismos ¿qué tipo de autoridad moral para ejercer un puesto en que se aplican las leyes y se maneja el patrimonio público podemos esperar después?


Imagen: http://tudesarrollocomociudadano.blogspot.mx/2015/11/ra-11-conciencia-moral.html?view=classic&m=1

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