Ciudadanos virtuosos

Por Miguel Téllez

 

“¿Qué tipo de Estado queremos?” La pregunta en comillas es una interrogante muy conocida en filosofía política y que de hecho es bastante vigente hoy día, aunque muchas personas no se la plateen de manera explícita. No voy a exponer qué tipo de Estado podríamos tener o señalar algunas opciones para decidir, sino que pasaré a las implicaciones del Estado que de hecho tenemos, y cómo es que nosotros también jugamos un rol importante.

Vivimos en un Estado que tiene por forma de gobierno la democracia y el sistema representativo. La democracia ha sido criticada desde hace siglos atrás, aunque podemos sugerir –al menos en teoría- que es la forma de gobierno más razonable. ¿Por qué es la más razonable? Porque implica la participación de todos los ciudadanos, y aquí vale la pena detenernos. Por cuestiones formales, la participación –al menos en la Ciudad de México y en la República Mexicana- es de los que tienen 18 años o más. Así que los jóvenes de 17 o menos edad, no pueden participar. Dicho lo anterior, es la forma más razonable porque parece suponer que todos se involucran en la política y que todos tienen algo que decir. Así nos lo han pintado y así parece dictar la doctrina de la democracia, ¿pero de hecho es así? O mejor dicho, ¿los ciudadanos por sí mismos participan?

En discusiones recientes, una idea de los republicanos clásicos ha cobrado fuerza y de hecho ha influido en pensadores liberales para que tomen en cuenta tales ideas o críticas. Según los republicanos clásicos, el hombre es libre sólo viviendo en comunidad y con una participación política activa. En cambio, sabemos que los liberales abogan más por las libertades individuales para que cada quien forme una idea de “vida buena” y el Estado tiene que garantizar los medios para que tal plan se lleve a cabo. Así las cosas, republicanos contemporáneos han criticado a los liberales porque, según los republicanos, ese objetivo de abogar por la vida individual implica que se descuide la vida en comunidad, olvidando que la vida en comunidad es la más favorable para el hombre.

Una vez narrada la crítica republicana a los liberales, vemos un matiz entre republicanos y liberales: unos defienden la libertad negativa y otros la libertad positiva. La primera es entendida como ausencia de interferencia: entre menos obstáculos me ponga el Estado para realizar lo que quiero, entonces soy más libre –de hecho parece que así es como la gente entiende la libertad-. En cambio, la libertad positiva es un tanto más profunda y personal: se trata de una autodeterminación y autodominio, ya no sólo voy a querer realizar mi plan de vida sin obstáculos que me pueda poner el Estado, sino que intentaré no tener ni siquiera obstáculos internos, que yo mismo me imponga.

Algunos republicanos señalan que cabe la posibilidad de un tercer tipo de libertad: libertad como no-dominación. Tal idea consiste en una metáfora del esclavo y el amo. Puede ser el caso que un esclavo tenga un amo muy amable, cariñoso, comprensivo, razonable, e incluso que lo trate como igual, etc. Sin embargo, el esclavo sabe que hay un dominio sobre él: sigue teniendo dueño. ¿Cómo sentirse seguros frente a la amenaza del dominio? Así el panorama, los republicanos quieren que el Estado no implique tal amenaza y así el ciudadano se sienta tranquilo. ¿Cómo logramos eso? Una respuesta es el asunto de la participación política activa, el otro es que no exista Estado –esto es una propuesta que se puede ver en Luis Villoro-.

Ahora bien, de lo que hemos dicho, debemos señalar que los liberales también concuerdan con las tesis de la participación política: la vida democrática implica estar al tanto de distintas problemáticas y del desarrollo de decisiones o acciones políticas. Así las cosas, ambas posturas –republicanos y liberales- coinciden en algo: los ciudadanos deben ser virtuosos.

Con ser virtuoso nos referimos a distintas cosas, aunque al menos la más importante es que los ciudadanos se preocupan no sólo por desarrollar su plan de vida, sino que prestan atención a ciertas actitudes de su persona. Hay distintas virtudes, para ejemplificar podemos pensar en la valentía: según la idea griega de virtud, el ser virtuoso consiste en un punto medio entre el exceso y la escasez de ciertas actitudes. La valentía es un intermedio entre la temeridad y la cobardía. No se trata de nunca tener miedo, pues el miedo nos ayuda a ser precavidos, pero tampoco se trata de ser tan precavido de tal modo que caigamos en la cobardía y nos paralice en el actuar: el punto intermedio es la valentía, saber en qué momento debemos movernos, enfrentar el peligro, etc. En eso consiste ser virtuoso.

En el caso de la vida política, el ciudadano entiende que la vida en conjunto es valiosa, que la cooperación puede ayudar a cumplir con su plan de vida y que de hecho con ciertas disposiciones se puede llegar a consensos de verdad. Sin embargo, los ciudadanos no son virtuosos. Para pintar un panorama más o menos desalentador: ni siquiera les interesa la política. Aquí no diré que tal actitud es ‘mala’ o contar algunas causas del porqué de su rechazo hacia la política, me interesa terminar con algunas cuestiones.

Regresando a la crítica republicana hacia los liberales, podemos detenernos a pensar: ¿de verdad necesitamos la vida en comunidad? Si es el caso que sí, ¿por qué la gente no es razonable, aún a sabiendas que es básicamente condición de posibilidad para vivir en un sitio más o menos civilizado? Entendemos civilizado como aquel lugar donde sus ciudadanos no se humillan –como lo sugiere Avishai Margalit en “La sociedad decente”-. Aunque muchos intelectuales derramen demasiada tinta para señalar la importancia de las virtudes en los ciudadanos, parece que no se necesita de elevar la mente en un plano tan abstracto para entender que tenemos que cooperar y dejar de ser necios, o de creer que un voto lo es todo.


Imagen: https://elmundodeloslocos.wordpress.com/2016/05/09/movimiento-nuit-debout-llama-en-paris-a-jornada-de-accion-mundial/

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