Chiquihuite

Por Teolinca Velázquez

La Ciudad de México al caer la noche: luces titilantes adornan nuestra vista; podemos ver a lo lejos cómo se extiende la gran mancha urbana que en ese momento sólo puede advertirse por los destellos que se desprenden de este pequeño territorio que alberga una gran cantidad de personas que coexisten sin conocerse muchos de ellos.

Cuando salimos de viaje y nuestro regreso significa un recorrido por los bellos paisajes que adornan las carreteras que nos guían hasta la Ciudad, hay una infalible señal de que estamos cerca de casa: el cerro del Chiquihuite. Imponente se coloca ante nuestros ojos; una gran masa que en la noche sólo se percibe como una gran mole negra cuya corona centellea reflejos rojos, amarillos y blancos.

Siendo una niña recorrí sus agitadas y particulares calles, diferentes a la vida que se vive en otros puntos cardinales. Zona de industrias, talleres mecánicos y grandes camiones de carga; también podemos escuchar cuando pasa el tren o simplemente correr por las desgastadas vías. La gente que vive aquí es fuerte, ruda como lo requieren sus ocupaciones; aquí no se venden flores, se vende petróleo en sus diferentes presentaciones.

El aire seco, mezclado con el humo que acompaña siempre a las fábricas. Las casas, construidas prácticamente una sobre otra, cada año los cerros van perdiéndose para ser absorbidos por la urbe. En estas casas se reúnen grandes familias que hasta hace poco tiempo mantenían las viejas costumbres que identifican a las familias del centro del país: grandes reuniones, grandes cacerolas de comida, visitas a la iglesia más cercana; la tradición de las familias muégano.

Como un padre omnipresente, el cerro puede verse desde casi cualquier punto de la Ciudad de México; podemos ir a cualquier mirador para observarle inerme, siempre con seguridad de que estará vigilando con su aire protector. Caminando hacia el bello Tlatelolco se puede divisar su silueta a lo lejos, como una estrella que guía al viajero errante. Su potencia inerte se levanta para aliviar a este melancólico corazón pues desde cualquier rincón de la ciudad se encuentra listo para mandar un guiño y subsanar esta angustia que representa estar lejos del amor paterno.

Evocador de memorias, mantiene siempre presentes los recuerdos infantiles y las ilusiones olvidadas. El abrazo inexistente de un amor que ya no está permanece en su firmamento para ser reproducido cada vez que los ojos se posan sobre ese cerro. Cada destello que se desprende de su corona revive las imágenes que llenaron al  pasado de momentos inolvidables.


Imagen: http://worldradiomap.com/mx/distrito-federal/chiquihuite_01.jpg

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