Cerebro II

Por Miguel Téllez

 

En la publicación Cerebro, expuse que en el siglo pasado los experimentos en el cerebro para modificar comportamientos e incluso controlarlos tuvieron un lugar importante en el quehacer científico. Además de poner en duda cosas como el ‘yo’, ‘originalidad’ y ‘naturaleza humana’ –aunque ésta última no de manera explícita-, al final del texto dejé una interrogante: ¿sólo existen esas vías {descargas eléctricas, electroencefalogramas, etc.} para modificar una parte de lo que somos? La respuesta es que no. ¿Qué otra vía existe, entonces?

La bio-retroalimentación (bio-feedback) es un esfuerzo por conseguir modificar ondas cerebrales, pero no a base de descargas eléctricas como se hacía en los laboratorios científicos: se consigue a base de concentración, meditación y con correcciones en los momentos precisos en que se intentan modificar ondas cerebrales. Me refiero a ondas cerebrales a lo que es detectado por un electroencefalógrafo o algún estudio de neuroimagen funcional, es decir, a estados de conciencia, los estados internos que cambian de forma tan radical durante los sueños, bajo efectos de drogas y otras circunstancias.1 Maya Pines nos cuenta que el Dr. Neal E. Miller, de la Universidad Rockefeller fue uno de los pioneros en el ámbito del bio-feedbkack.

Miller consideraba que la bio-retroalimentación es una manera de aprendizaje muy rápida y que aquello que se ha entendido como ‘sistema nervioso autónomo’ que parece regirse por sí solo –por ello su nombre de ‘autónomo’-, puede ser modificable por el sujeto en cuestión, aunque los libros de textos nieguen esto. Así las cosas, “a base de práctica, se pueden aprender a controlar órganos internos y glándulas.”2 Seguramente, te puede parecer muy raro, imposible o increíble todo esto, sin embargo, Miller emprendió el reto y de hecho consiguió resultados.

Con experimentos hechos primero con ratas, se inició la exploración de lo que quiso conseguir Miller. Pero se encontraron frente a un problema: el equipo que les ayudaba a registrar las ondas cerebrales o ritmos cardiacos –o aquello que fuese a ser estudiado para ver si el animal podía modificarlo- podía ser engañado. El engaño consistía en que si intentaban medir alguna cosa, el animal modificaba sólo movimientos con sus músculos y la maquinaria registradora tomaba esas modificaciones como internas. Sin embargo, los científicos no se quedaron con los brazos cruzados: a base de “curare” –una especie de ‘anestesia’ que impide moverse- administrada a las ratas, lograron su cometido. Dado que los animales ya no podían engañar al aparato registrador con movimientos musculares, pues yacían inmóviles, ahora sí el experimento se encontraba en condiciones ideales. La manera de terminar el triunfo fue implantar electrodos en el cerebro de las ratas para proporcionarles placer si hacían correctamente la tarea. Las ratas consiguieron ascender o descender su ritmo cardíaco y en este asunto Miller halló que ese modus vivendi de las ratas con determinado ritmo de corazón le presentó un tipo de agentes: más ‘emocionales’ –los que aceleraban más sus latidos-. Este experimento fue también aplicado en gatos y ocurrieron resultados similares. La conclusión: el cambio en el ritmo cardíaco había generado también un cambio en los neurotransmisores, la química del cerebro había cambiado.

Estos experimentos también se aplicaron en humanos. El Dr. Joe Kamiya fue quien intentó hacer que las personas leyeran o conocieran su cerebro. Lo que hacía Kamiya era sentar al paciente en una habitación lejos de sonido, ponía electrodos en el cuero cabelludo y se hacía sonar un timbre cada vez que el paciente acertaba en la onda cerebral que Kamiya quería para ellos. Regularmente buscaba la famosa ‘onda alfa’, conocida por implicar un estado de relajación, creación y atención pero sin un objeto en concreto. “El alfa es un estado de atención dirigido hacia el dejar que las cosas ocurran”.3 Sí, suena algo extraña esa onda.

Hubo muchos voluntarios para estos experimentos. Y como siempre ocurre, también surgieron charlatanes: “encuentre al amor de su vida”, “aprende intuicionismo”, incluso se predicaba de una niña que había desarrollado estas habilidades y conocía perfectamente no sólo dónde era conveniente excavar para hallar petróleo: decía la calidad del mismo.4

Kamiya encontró sus resultados –personas que conseguían entrar al alfa a voluntad- muy prometedores, y los pensó como herramienta para el aprendizaje escolar: en un salón con niños que tengan electrodos en la cabeza y estos condujeran a una bombilla, cada que la luz brillara el profesor sabría que el estudiante no prestaba atención –pues estaría en alfa-. Esta cuestión además de parecerme impresionante, me dejó pensando acerca del papel que los pedagogos tienen hoy día y si estarían de acuerdo con métodos de este estilo. En lo particular, la idea de un aparato que pudiera decirnos cuándo no hacemos bien las cosas, me resulta atractiva. Sin embargo, no sé tú que consideres, si los errores son buenos, si sería exigirnos demasiado o si realmente prefieres darle oportunidad a esos experimentos y ver qué ocurre.

Todo lo expuesto es la otra parte que me interesa de las prácticas que se realizan respecto al cerebro. Las preguntas que te haría serían: ¿si ahora ya sabes que puedes modificar hábitos, caracteres de ti, aún crees que eres “único” en tu personalidad? ¿No parece que podrías ser “otro”? Si estas preguntas no te parecen concluyentes, ¿cuál es la razón que darías para señalar que quién eres, eres tú mismo y hasta al final? ¿No es cierto que desde niños, a la edad que tenemos, hemos cambiado? Ahora bien, no estoy apuntando hacia asuntos de trastornos de personalidad múltiple –que alguna vez escuché que sigue siendo un debate ese asunto-, simplemente hacia una especie de “mejoramiento” vía cambios de hábitos desde lo interno que repercuten en la conducta. ¿Cuántas veces vemos a personas que ni siquiera entienden que están enfadas, tristes o ‘ausentes’? Nos hace falta conocernos.


Pines, Maya, Los manipuladores del cerebro, tercera reimpresión, {Trad. de Natividad Sánchez Sainz-Trápaga}, Alianza, España, 1989, p.71.

Ibid., p.66.

Ibid., p.73.

Ibid., Ver., p.78.


Bibliografía: Pines, Maya, Los manipuladores del cerebro, tercera reimpresión, {Trad. de Natividad Sánchez Sainz-Trápaga}, Alianza, España, 1989.


Imagen: http://neptronik.com/y-a-proposito-que-es-una-bomba-de-hidrogeno/

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