Carta de un defensor frustrado

Este es el relato de muchas personas que creen en la esperanza de un mundo mejor y que quieren participar activamente en el cambio, pero que van perdiendo la fe a raíz de malas experiencias que les infunden miedo. Su finalidad no es desalentar, sino generar una cultura de información, cooperación y prevención. También invita a reflexionar sobre temas por resolver en la agenda social y política.

Estaba aún en secundaria y acudieron promotores de varias escuelas para convocarnos a las diversas opciones de educación media superior. Había opciones raras, otras muy costosas, pero a mí me atrajo una que se especializaba en el campo. Me dije “sí, este país necesita ayuda en ese ámbito”, así que comencé a imaginarlo: yo, analizando las problemáticas sociales de la población rural; quizá en un laboratorio haciendo un descubrimiento sobre suelos, semillas u otros materiales relacionados; hasta capacitar personas, lograr cadenas productivas sustentables y exitosas…

Llegué a casa y le conté a mamá todo lo que nos habían platicado; le dije también que probablemente lo mío era el agro. “Quiero ayudar”, comenté, esperando entusiasmo, curiosidad, pero ella simplemente dijo:

– Ay, no. Eso es muy problemático, mejor no.

– ¿Pero por qué? –Pregunté-, ya sé que puede ser pesado, pero tampoco voy a arar la tierra o cosechar.

– No, quiero decir que es peligroso. Muchas veces hasta los agreden.

– ¿Aunque quiera ayudarlos?

– Si no son ellos, es el gobierno. Si te metes donde no te llaman, te pueden matar.

Al principio no comprendía, me pareció una exageración.

Tiempo después pensé en estudiar periodismo, investigar y realizar reportajes de temas trascendentes y coyunturales. Crear polémica, sí, pero con sentido, con causa, no para vender sino para hacer pensar. Y mis amistades repetían: “estudia marketing, haz publicidad, escribe sobre espectáculos o sobre deportes”. Al final me decidí por otra carrera, aunque por razones propias, pero seguía teniendo esa inquietud y curiosidad por la labor de incidencia, de arremangarse y entrar de lleno en la revolución del mundo.

Pasaron algunos años y fui incursionando en temas más rudos: que si las prisiones, que la violencia intrafamiliar, todo en teoría, todo leído y procesado únicamente por medio de documentos. ¡Vaya si me impresionó cada caso! Pero tampoco me desalentó. Sin embargo, escuchaba a los compañeros que andaban en campo y alguna vez me enteré de agresiones o amenazas sufridas por defensores de personas vulnerables. Eso me entristeció y logró asustarme, pero al no ser yo quien se arriesgaba de pleno, simplemente continué con mi trabajo.

Más adelante decidí que era tiempo de estudiar un posgrado, entrar en un nuevo reto, afinar mis conocimientos y hasta atreverme a ampliar mi rango de acción. Ingresé a un programa, me empapé del ambiente académico e hice amigos. En la temporada de fiestas cada quien fue a pasar el tiempo con su familia. Yo seguía comiendo recalentado cuando sucedió: recibimos un mensaje de la universidad informándonos que alguien de la generación, casualmente periodista, había sufrido secuestro y finalmente hallaron su cadáver junto a la carretera. Las negociaciones no habían durado mucho y de cualquier forma el dinero no parecía haber sido el principal objetivo.

Nunca entablé gran amistad con esa persona, pero cuando lo supe comencé a llorar, a temer, a enfurecerme. Me dolía, claro; y la extrañaría más de lo que pude prever; me aterraba contemplar tan vivo ejemplo de la vulnerabilidad de una buena persona que intenta ser productiva en la sociedad; me enfurecía lo aberrante de la situación, la existencia de monstruos capaces de hacer una cosa así y la facilidad con la que podían llevarlo a cabo. Sobre todo, me dije que no era justo.

¿Fue porque estuvo en el lugar y momento equivocados? ¿Fue porque se dedicaba al periodismo? ¿O acaso fue porque investigaba sobre temas ambientales? Como sea, se había ido, pero su familia se quedó con la vida resquebrajada.

Comencé realmente a creer que no había forma de cambiar las cosas. Los medios harían el recuento, dirían “esta muerte se suma a las decenas que ha habido en los últimos meses en el gremio periodístico”, lamentarían y condenarían el acto. Luego lo olvidarían. En meses y años posteriores se presentarían hechos similares con protagonistas desconocidos para mí. Ya ha dejado de ser noticia.

¿Existe humanamente un poder superior al de la corrupción y la violencia? Seguramente sí,  pero mientras se hace efectivo, ¿qué garantía nos permite vivir y sobre todo luchar sin convertirnos en víctimas? Bien, quizá a un héroe no le importará demasiado arriesgar el pellejo cada día, pero jamás querrá poner en riesgo a quienes lo rodean. Así que el heroísmo sufre bajas por extorsión.

Esta es la historia de cómo desistí de ser defensor de la justicia sin haber comenzado de lleno a serlo.

Sé que habrá un día en el que seremos tantos los inconformes, tan cercana nuestra unión y tan noble nuestro proceder, que nada nos vencerá. Sé que ese día dejaremos de segregarnos por motivos absurdos y la mitad de nuestros problemas habrá desaparecido. Entonces tendremos el poder para resolver fácilmente la mitad restante. Por ahora, llevar una vida decente, respetar a todos los que me rodean y ser congruente con esos ideales será mi forma de luchar.

Se omiten nombres por respeto a la privacidad. Un agradecimiento a quienes participaron.


Ligas recomendadas:

http://protectioninternational.org/es/publication/nuevo-manual-de-proteccion-para-defensores-de-derechos-humanos/

http://www.ohchr.org/Documents/Publications/FactSheet29sp.pdf


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