Cambio de inercia

Por Brandon Ramírez

Se dice mucho que el gran problema de nuestro país es la corrupción. Lo era ya en la era del régimen de partido hegemónico, y lo ha seguido siendo durante los primeros años de la construcción de nuestra democracia. Pocas dudas habrá de que será el eje sobre el que giraran buena parte de los discursos de los candidatos a la presidencia el próximo año.

Estos días se ha dado gran cobertura a los avances en los procesos legales contra algunos ex gobernadores, a los que aun quedará procesar y enjuiciar. La corrupción no es algo exclusivo de la política, claro, se da en el sector empresarial, algunas asociaciones religiosas, o sindicatos, entre otros. Sin embargo, se hace quizá más notorio el caso de la política por llevarse a cabo con recursos públicos.

Ya el año pasado (y elecciones previas) muchas de las campañas de los candidatos a gobernadores en distintos estados utilizaron la promesa de encarcelar al gobernador en turno. El enriquecimiento y corrupción asociados a muchos de estos se puede explicar en cierta mediada por el cambio de régimen que vivió nuestro país con el cambio de Siglo. La figura del presidencialismo (es decir, el presidente como eje fundamental y direccional) centralista que controlaba todo el país, se fue difuminando y con la alternancia en 2000, dejando a los poderes locales en su lógica de soberanía mal entendida, pasando a apoderarse de los círculos de poder a su alcance y construyendo sus propios espacios de poder donde reproducir el viejo esquema en una menor escala.

El control de los Congresos locales, de los institutos electorales, y relaciones con las élites y poderes fácticos locales fue generando un ambiente en muchos casos que permitió que se llegará a esos niveles de corrupción. Pero, al igual que con lo ocurrido en el ámbito federal, que en su momento logró sostenerse en los primeros sexenios del presidencialismo con desarrollo económico y aumento de bienestar social, perdió rápidamente legitimidad y gobernabilidad, toda vez que las reglas democráticas comienzan a estar más presentes, hay un periodismo de investigación cada vez más profesional de independiente, y una sociedad civil implicada.

La presencia de la democracia y la competitividad electoral, forzó a los partidos a buscar mecanismos para atraer el voto más allá del tradicional corporativismo. Tristemente no devino ello en la construcción de proyectos políticos más atractivos y formación de candidatos más preparados, sino en clientelismo y la llamada compra de votos, para las que se necesitaba recursos y corrupción para llevar a cabo.

En la otra cara de la moneada, esa misma democracia y competitividad electoral cada vez mayor ha generado que el espacio público también comience a ver una sociedad civil cada vez más implicada, con exigencias de transparencia, rendición de cuentas y en fin, un Estado de Derecho en los hechos. Muchas de las democracias más consolidadas se construyeron ya con una sociedad civil fuerte, medios y periodistas críticos de los abusos, e instituciones sólidas, en nuestro caso, como muchos otros casos de transiciones, hemos ido construyendo esto sobre la marcha. Más complicado de hacerse, por cierto, puesto que deben luchar contra tendencias, prácticas y élites arraigadas y acostumbradas al juego de democrático.

Pero, la realidad de la competencia electoral, por más que se critiquen las elecciones, sus resultados, y carácter meramente procedimental en algunos casos, ha venido a trastocar y forzar algunas transformaciones, como la exigencia de un combate serio contra la corrupción, y muy seguramente la necesidad de procesar los abusos señalados de los gobernadores a quienes se les compruebe su actuación ilícita, ya que lo contrario resulta contraproducente para el propio régimen y sus aspiraciones de permanencia. Los propios partidos han comenzado a distanciarse de esas figuras señaladas, en los casos en que les es posible y redituable, y dejando de protegerlas o apostar al olvido, como se ha hecho en otros casos de corrupción.

Estamos aún lejos de ser una sociedad que combate seriamente la corrupción. Pero parece que la propia realidad y exigencia, y hartazgo social dentro del juego democrático, ha forzado a dar pequeños pero sostenidos pasos en dicho camino. Esa deberá ser una tarea del próximo gobierno federal y de los gobiernos locales, ya que se necesita también que las presiones no sólo sean externas al sistema político, sino dentro del mismo, para asentarse. Ojalá sea así.


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