Calladita, aunque grites: la violencia de no escuchar

Por Ale Sánchez

Una vez que andaba en el metro, al bajar del vagón, noté que un hombre caminaba muy cerca de mí. Comencé a zigzaguear con la intención de que el otro, al no querer delatarse, desistiera (son tan cobardes que lo niegan o ridiculizan a quien los confronta). Pero en vez de eso, me siguió abiertamente y se aproximó a mi oído para preguntar: “¿Te acompaño?”. 

Yo era una adolescente tímida; aceleré el paso, pero el tipo insistía: “Voy contigo. Hola, guapa. Te acompaño”. Salí por fin hacia los torniquetes y hablé con los policías. “Hay un tipo que me está siguiendo. Me dice que me quiere acompañar, no me deja en paz”, les dije.

“¿Lo conoces?”, fue lo primero que se les ocurrió preguntar. El fulano se replegó, sin dejar de mirar en mi dirección, esperando. Al final, uno de los uniformados se compadeció y me acompañó a la salida. Me libré. Pero siempre pienso: ¿por qué rayos me preguntó si lo conocía?

El modo en que me acerqué y comenté mi caso daba a notar que NO, que no lo conocía. También dejaba claro que no me sentía cómoda con eso y que además me sentía amenazada. A fin de cuentas, ¿qué importaba si hubiese sabido su nombre o si tuviéramos algo en común? Si me quejaba, era porque algo no andaba bien. NUNCA deberían ignorar eso. 

Ya es bastante con que, a cualquier hora y lugar, sobren las artimañas para que un degenerado se “arrime”, o mire con insistencia, hasta tome fotografías. Ya es demasiado con los “piropos” o el momentáneo cierre intencional del paso. Ya es un verdadero insulto que la gente lo vea y te pida verlo como algo normal y cotidiano. Pero de paso, aún ante delitos in fraganti, siguen dándole el “voto de calidad” al agresor, por ser hombre.

No, no es broma ni exageración, no depende de interpretaciones. Recientemente hubo testimonio de algo que yo ya temía: una persona en peligro, por ser mujer, fue descartada en su actitud y equilibrio psicoemocional al pedir ayuda. ¿Cómo? Veamos el siguiente caso:¹

Diana, en un centro comercial, salía de un local de ropa cuando un desconocido de traje la tomó del brazo, así nada más, y comenzó a decir en voz alta frases que hacían parecer que la conocía, que iba con ella, que eran pareja. Hasta ahí era normal que la gente lo creyera, pero cuando Diana comenzó a forcejear, a pedir que la soltara, a gritar “ayúdenme, no lo conozco, me quiere llevar”, se topó con la peor sorpresa: las personas titubearon y aguardaron. ¿A qué? A que el agresor confirmara o desmintiera la denuncia de la joven. “Es mi novia, pero estamos discutiendo, ya saben cómo son…”. 

Esa frase ha sido la maldición de la mujer por siglos, porque aparentemente nadie la discute, pero claro, si eres una mujer, discutirla sólo hará que el resto reaccione como si la confirmaras. Es lo mismo que expresar una opinión fuerte, una queja o un enojo –aun plenamente justificado- y que te invaliden diciendo “estás en tus días”.

YA SABEN CÓMO SON: estas simples palabras estaban anulando las posibilidades de Diana de ser rescatada de un secuestrador que tal vez pretendía violarla, venderla, o Dios sabe qué más. Ella pedía ayuda, gritaba, pateaba. Él usaba su fuerza para jalarla y, más tarde, para cargarla. Pero un pesado y estúpido prejuicio de cuatro palabras pronunciado por ese hombre bastó para que los testigos calmaran su conciencia y dejaran a Diana a su suerte.

Entonces, ¿la mujer es propiedad de su pareja? ¿Está bien que la gobierne, la fuerce y quizá la maltrate porque se conocen, porque tienen una relación? Eso es lo que significa esa estúpida pregunta “¿lo conoces?”, que pareciera hacer la diferencia entre ser escuchada o ser entregada al verdugo.

Ya perdiendo la esperanza aunque sin dejar de luchar, Diana continuó gritando en el estacionamiento (después de que civiles  y policías la ignoraran); gracias a esto, unos jóvenes –con verdadero sentido del valor de la mujer como ser humano-, determinaron con acierto: “aunque sea  tu novia, si ella no quiere ir contigo, no tienes por qué forzarla”. Esto, su insistencia en lo correcto y su número (eran quizá cinco al final), salvaron la vida de Diana.

El caso anterior fue expuesto en algunos medios como “una nueva forma de acoso”, pero esto va mucho más allá del acoso. En primer lugar, es secuestro sí o sí. También es posible trata de personas, posible violación, posible homicidio, y claro, contundente violencia, no sólo del falso novio, sino de la sociedad, de todos los que miran y creen que eso es normal, que está bien, que la voz de la mujer vale menos que la del hombre, como si no sonara, como si pudiera ser borrada.

Muchas veces dicen que una mujer en situación de violencia no puede ser ayudada si no pide ayuda, no puede ser protegida si no denuncia (aunque esto la ponga en mayor peligro); o que no se puede procesar y castigar al agresor –aunque haya constancia de sus acciones ilegales y violentas- si no es la propia víctima quien lo acusa. 

Si bien, es mucho pedir en una situación donde existe miedo, coacción, baja autoestima o dependencia emocional, es todavía más grave no escuchar. Taparse los oídos y fingir que esa voz denunciante no existe es una violencia invisible, frecuente y cotidiana, no por eso menos dañina y terrible.

Como colofón, para quien sostenga que “aunque no todas, hay mujeres muy exageradas, escandalosas o mentirosas”, diremos que es cierto, que hay PERSONAS así, del sexo y género que sea. Pero no podemos generalizar y permitir casos reales. No podemos taparnos los oídos con machismo. Y las autoridades no pueden dejar de investigar y asegurarse ante un posible crimen, bajo ninguna circunstancia.


¹ https://lasillarota.com/acoso-sexual-secuestro-mujeres-cdmx-taxquena-centro-comercial-santa-fe-cdmx/246715

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