Borges III

Por Dante Noguez

Esta es la tercera y última entrega de las reseñas críticas que escribo sobre las tres publicaciones que Debolsillo hizo de Miscelánea, la compilación de ensayos, artículos, traducciones y biografías de Borges. Miscelánea III es, pues, el tema a tratar. En este tercer tomo de 439 páginas en octavo mayor se compilan los textos que el argentino escribió para la revista El Hogar. Borges escribió con bastante asiduidad para esta revista, y sus textos para este libro están clasificados en cuatro géneros: reseñas, biografías sintéticas, ensayos y vidas literarias.

Pasemos al contenido. Las secciones de vidas literarias consisten en destacar hechos memorables en pocas líneas, por lo que son de particular interés. Así, por ejemplo, leemos que Sean O’Casey, el dramaturgo más famoso del teatro irlandés moderno, aprendió a leer hasta después de haber cumplido los doce años de edad. Hecho que contrasta notoriamente con otros peculiares casos, como por ejemplo el de Rimbaud, que a los 15 años ya tenía la intención de publicar aquellos tres poemas; o el del duque de Maine, que publicó sus Obras completas de un autor de siete años; o el de Connor Thirlwall, quien publicó a los nueve años sus Primicias (una oda, varias fábulas y treinta y nueve sermones); o el de Robert Holland, que a los once años estaba escribiendo su tercera novela en una máquina de escribir costeada por la venta de sus libros anteriores; o la de Menéndez Pelayo, que a los once años resolvió el problema histórico planteado por el periódico La Abeja Montañesa y a los doce ya registraba su biblioteca veinte obras en treinta y cuatro volúmenes, en latín, español y francés: Catulo, Quinto Curcio, Ovidio, Cicerón, Fenelon, Chateaubriand, Bossuet, &c; o casos no tan prematuros, como el de Joyce publicando sus estudios sobre Ibsen a los diecisiete; Juan Pico de la Mirándola a los veintitrés publicando sus novecientas tesis y desafiando a todos los grandes intelectuales de su época a debatir; Schopenhauer, quien a sus veintiuno ya tenía su sistema filosófico desarrollado; Schelling, que a sus veintitrés años ya era catedrático en Gena, la universidad más importante de la Alemania de aquella época y con veinticinco ya tenía publicado su idealismo trascendental; o, para poner un ejemplo coetáneo, el de mi amigo personal —que no íntimo, pues es celoso de su independencia como Lawrence lo fue: Lawrence se negaba las amistades, el amor, el sueño, la comida y las blanduras del afecto; terminó rehusó la gloria, pues se cambió de nombre, y el ejercicio literario también, pues dejó de escribir— Ernesto Castro Córdoba, que a sus veinte publicó su primer libro y hoy, a los veintisiete, es un torrente descomunal de sabiduría —y esto me atrevo a decirlo a pesar de que la sabiduría parezca un atributo más propio de los mármoles—. Sus olímpicas jornadas de 12 o 13 horas diarias de lectura —a mi memoria llega Marx, quien seguía ese mismo horario— lo respaldan. (Otro caso coetáneo que recuerdo por asociación de ideas es el del ilustre José María Bellido Morillas, amigo común de Ernesto y mío, que, a caballo entre Cansinos Assens, que saludaba a las estrellas en catorce idiomas, y Richard Burton, que soñaba en diez y siete idiomas, y cuentan que dominó treinta y cuatro, maneja —si mi memoria no me engaña— diez y nueve lenguas).

Más adelante recordamos a la gran novelista de Inglaterra, Virginia Woolf, quien cada domingo recibía en su casa a personajes de la talla de Meredith, Ruskin, Stevenson, John Morley, Gosse y Hardy. Recordamos también a la dinastía de los Huxley, aquellos hombres de casi divina imparcialidad que renovaron la fisiología, la filosofía, la literatura, la anatomía y la biología. A propósito de Thomas Henry Huxley y sus defensas de la teoría de la evolución, vino a memoria Wallace, quien prefiguró las ideas de Darwin, y quien también era un espiritista que experimentó con sus alumnos de Leicester la doctrina del mesmerismo. También recordé a Crookes (el descubridor del talio y de los tubos de su nombre), quien creyó haber logrado fotografiar un espíritu; a Alexis Carrell, que creía en los milagros de Lourdes; a Camille Flammarion, el astrónomo que creía en la reencarnación del espíritu; a Augustus de Morgan, el famoso matemático que publicó su Resultado de diez años de experiencias en manifestaciones de espíritus; y, en fin, a la legión de científicos distinguidos que en nuestros días creen en Dios. Recuerdo una anécdota que relata Gustavo Bueno sobre un químico que se quebraba la cabeza tratando de entender la transubstanciación del vino en la sangre de Jesús. «Pero cómo —se interrogaba el químico mientras se tiraba de los cabellos— hace para transformar los taninos en hierro».

Observemos tres últimas cosas: el formidable ensayo sobre Unamuno es memorable. Recuerdo los versos sobre la valerosa fe del incrédulo:

…Sufro yo a tu costa,

Dios no existente, pues si Tú existieras

Existiría yo también de veras.

Recuerdo la mayestática y al mismo tiempo inútil máquina de pensar de Raimundo Lulio, que originalmente estaba planeada para probar la mentira o verdad de los postulados teológicos, y de la cual Swift se burla en Los viajes de Gulliver, pero Borges mismo vindica la misma como instrumento literario. El poeta, al buscar epítetos para «tigre», ensaya el mismo procedimiento azaroso de la máquina.

Hacia la página 120, encuentro una rareza que a mi memoria le resulta familiar y que la consulta de las páginas de Discusión me revela: el primer párrafo de la reseña de Europe in arms de Lidell Hart es idéntico al de la reseña Mathematics and the imagination de Kasner y Newman. Borges nos relata dos veces el hecho de que sus textos más anotados son el Diccionario de la filosofía de Mauthner, El mundo como voluntad y representación de Shopenhauer, la Historia biográfica de la filosofía de Lewes, La vida de Samuel Johnson de Boswell, The mind of man de Spiller y la Historia de la guerra mundial de Liddell Hart. Al narrar el mismo hecho (aunque en la segunda versión, quizá por pereza, omite algunos de los libros mencionados en la primera), las dos veces se manifiesta «admirado». Al final, intercala Europe in arms y Mathematics and the imagination como los posibles libros que anotará con la misma frecuencia que los anteriores. Esta rareza es levemente previsible cuando en el Borges de Bioy Casares se lee que ambos argentinos escribían prólogos y contratapas de obras que ni siquiera habían leído. Les bastaba con citar la presunta opinión que presuntos intelectuales tenían sobre la obra y añadir un par de adjetivos generosos sobre la misma. Muchas reseñas de Borges, es verdad, se desarrollan hablando de hechos y datos que nada tienen que ver con la obra, y finalizan con una alabanza de tres o cuatro líneas.

El interesante análisis de estas tres obras me ha comportado una memorable felicidad. Yo, como Macaulay, no puedo sino maravillarme de que las imaginaciones de ese extraño hombre argentino lleguen a ser mis más íntimos recuerdos. Jorge Luis escribe: «Esa omnipresencia del yo, esa continua difusión de un alma en las almas, es una de las operaciones del arte, acaso la esencial y la más difícil».


Bibliografía: Borges, J. L. (2017). Miscelánea III. Ciudad de México, México: Debolsillo.


Imagen: La máquina de pensar de Raimundo Lulio.

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