Borges II

Por Dante Noguez

Alguna vez me preguntaron por un «libro para entender a Borges». A mi memoria llegó aquella anécdota del Sumario de Proclo, según la cual Tolomeo preguntó a Euclides si no había un camino más corto para aprender Geometría que el de los Elementos. Euclides habría contestado: “No hay caminos reales a la Geometría” (μή είναι βασιλικήν άτραπόν έπί γεωμετρίαν). La pereza de tal petición es, sin duda, vergonzosa. Afortunadamente, Borges siempre presenta un antídoto contra los débiles mentales; antídoto sumamente útil en nuestro contexto histórico, donde esa tentación holgazana se difunde por todas partes, pues las democracias conceden a cualquier ciudadano el derecho a opinar en pie de igualdad, sin esfuerzos previos, sobre cualquier asunto, y a rechazar, como etilista, todo aquello que implica un esfuerzo.

Aunque para este caso vale aplicar las palabras que Menéndez Pelayo dijo a propósito de La urna de Banchs, a saber, que pocas líneas serían recordadas si no eran leídas con los ojos de la historia, sería ciertamente inútil escribir un libro con tal propósito. Un libro donde se especifique que los efectos de El Zahir no solo recuerdan a Tennyson y Schopenhauer, sino también a la doctrina estoica de los presagios, donde cada una de las partes del universo prefigura la historia de las otras, o a Laplace intentando cifrar en una sola fórmula matemática todos los hechos que componen un instante del mundo, para luego derivar de ella todo el porvenir y todo el pasado. O donde se especifique que La biblioteca de Babel toma su nombre de la bíblica Torre de Babel (del hebreo bl-bl, que significa balbuceo); que dicha idea está prefigurada en Demócrito y Leucipo y es inventada por Gustav Theodor Fechner; que se añada que Kurd Lasswitz, en Traumkristalle, ya había desarrollado la idea que Borges toma, donde 25 caracteres son los únicos necesarios para expresar todas las ideas que es dable expresar; o que Lewis Carroll, en Sylvie and Bruno, ya había estatuido que un número limitado de palabras también limitaría las combinaciones posibles de libros; o que el memorable verso Oh tiempo tus pirámides del libro ubicado en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, recuerda alguna estrofa del Cisne de Avón, entre cuyos versos se encuentra el oh Tiempo, que pirámides eriges. O donde se especifiquen las innumerables referencias de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, como aquella donde Ashe hable del sistema duodecimal de numeración que Xul Solar tanto difundió en sus días, y que tan certeramente trató George S. Terry; o la recuperación del tan difundido regressus in infinitum de los filósofos con una paradoja famosa en Tlön sobre monedas y hallazgos que recuerda a Aquiles y la tortuga, pero también a Sexto Empírico y sus Hypotyposes, a Agripa el Escéptico, que argumentó que toda prueba exige a su vez una prueba y así al infinito, a Platón demostrando que uno es realmente muchos en el Parménides, a Santo Tomás y su afirmación de que hay un Dios, derivando dicha conclusión del interminable encadenamiento de causas y efectos, a Hermann Lotze y el razonamiento donde concluye que en el mundo hay un solo objeto, a Spencer y sus Primeros principios, donde se lee que el universo es inconocible por la simple razón de que explicar un hecho es referirlo a otro más general y así ad infinitum, o, en fin, a Aristóteles, el primero en refutar dichas aporías, o a Carroll, Descartes, Hobbes, Leibniz, Mill, Renouvier, Cantor, Gomperz, Russell y Bergson, que siguieron su ejemplo; o podríamos recordar también, gracias al argumento general del cuento, aquella sentencia de Novalis: “El mayor hechicero sería el que se hechizara hasta el punto de tomar sus propias fantasmagorías por apariciones autónomas. ¿No sería ese nuestro caso?”; o recordar asimismo que, para Borges, la filosofía no es sino un género de literatura fantástica, que los prodigios de Wells o Poe le parecen una nadería comparados con la laboriosa invención spinoziana de Dios, y que esa idea está ejercitada a lo largo de todo el relato. El cuento, de hecho, es una especie de sátira del idealismo, o pretende ser un espejo del ridículo (aunque ingenioso) aparato ideológico humano. Y lo recalco porque algunos incautos han querido deducir del mismo cuento una “filosofía idealista borgeana”, cosa completamente absurda.

También sería agotador tener que registrar, por ejemplo, que Mallarmé nos anticipa el mecanismo que Ts’ui Pên utiliza para escribir El jardín de senderos que se bifurcan, a saber, el de suprimir la palabra tiempo. Dice Mallarmé: “Nombrar un objeto es suprimir las tres cuartas partes del goce del poema, que reside en la felicidad de ir adivinando; el sueño es sugerirlo”. O que las prefiguraciones de la idea del laberinto que es tiempo se leen en Nueva refutación del tiempo, y que, involuntariamente, ese laberinto nos regaló parte de la mecánica cuántica. En fin, como ya digo, semejante tarea sería inútil y agotadora y sisífica, como queda ejemplificado claramente. Además de que, si escuchamos a Mallarmé, seguramente nos quitaría tres cuartas partes del goce de los cuentos, y, sin duda, a los perezosos les robaría el goce de tener que leer todas esas obras —que por algo Borges nos remite a ellas—.

En cambio, lo que sí podría aproximarnos a esas vastas y dispares literaturas que fascinaron al argentino, son los ensayos y artículos que él escribió. Como ya había dicho en otro lugar, la editorial Debolsillo acaba de publicar muchos de ellos en tres tomos. Hoy nos ocupa el segundo, Miscelánea II, libro genial que compila varios textos que Borges escribió para Sur, la revista así titulada por Ortega y Gasset en la que colaboraron escritores de la talla de Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Guillermo de la Torre, &c. En este libro llaman la atención, entre muchas otras, un par de peculiaridades. La primera de ellas: el estilo y la prosa de Borges. En los primeros artículos se nota la (relativa) juventud de Borges, y llega a escribir pareceres muy personales sobre incluso temas políticos y jurídicos. Llaman la atención sus artículos sobre el nazismo y la censura de Lolita de Nabokov, libro de quien el mismo Eichmann atinó a decir que era repugnante, y del que Borges confiesa no haberlo leído y afirma que no leerá nunca, pues la longitud del libro no coincide con la brevedad de la vida. Llama también la atención una rareza del nazismo: la literatura infantil antisemita. Nuestro amigo Georgie nos descubre los horrores del Trau keinem Fuchs auf gruener Heid und keinem Jud auf seinem Eid (título que la adorable Elvira Bauer toma de Lutero), libro donde podemos hallar versos de este talante:

En la creación del mundo
El Señor Dios concibió las razas:
Indios, negros y chinos,
Y a los judíos también, los seres podridos.
[Traducción propia].

¿Necesitan más razones los bibliófilos para acercarse a Borges?


Bibliografía: Borges, J. L. (2017). Miscelánea II. Ciudad de México, México: Debolsillo.


Imagen: Metamorphosis III de Maurits Cornelis Escher.

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