Borges I

Por Dante Noguez

«Un libro (creo) debe bastarse. Una convención editorial requiere, sin embargo, que lo preceda algún estímulo en letra bastardilla que corre el peligro de asemejarse a esa otra indispensable página en blanco que precede a la falsa carátula. Con la insegura autoridad que nos da despachar un prólogo, arriesgo, pues, las solicitaciones que siguen». Así es como Borges inicia uno de los numerosos prólogos compilados por Debolsillo en el libro Miscelánea I, una obra repleta de los pensamientos que el magno cerebro argentino redactó sobre libros y autores diferentes. Repasemos algunas particularidades del libro.

A pesar de que Borges tenga la modestia de escribir que sus palabras valen tanto o menos que una página en blanco, es casi imposible no admirar el arte memorable que a lo largo de este libro se ejecuta. Está por demás decir que los bibliófilos encontrarán deleite al consultarlo, pues cada página leída nos lleva a otros cinco libros que el cuentista bondadosamente recomienda o señala.

Como es natural en Borges, no olvida a sus compatriotas, y cualquier lector curioso podrá encontrar ahí una buena introducción a la literatura argentina. Almafuerte (el hombre que atinó a decir: «No pidas más que justicia, pero mejor es que no pidas nada»), Ascasubi, Estanislao del Campo, Carriego (el hombre que le descubrió a Borges el amor a la poesía), Dabove, José Hernández, María Esther Vázquez, Sarmiento, Cortázar, Casares y Fernández son algunos de los argentinos que Borges convoca a juicio. Me gustaría mencionar brevemente algunas cosas sobre los tres últimos.

De Cortázar habrá que recalcar que forma parte de los 100 libros esenciales que Borges eligió para su llamada Biblioteca personal. Infortunados bisoños se han dedicado a desprestigiar a Cortázar; pero Borges mismo se felicita en este libro por haber sido el primero en publicar un texto suyo.

De la Invención de Morel de Casares, debemos subrayar que Jorge Luis dice: «No me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta». Personalmente, no recuerdo haber leído en Borges un calificativo similar (salvo quizá aquel donde dice de Swedenborg que fue el hombre más extraordinario).

El texto de Macedonio Fernández merece mención especial. Fue, sin duda, uno de mis favoritos del libro. Es difícil resistirse a las ganas de leer a Macedonio después de saber que dijo cosas como “La erudición es una cosa vana, un modo aparatoso de no pensar”. O de que de Valéry, Góngora, Lugones, Darío, Gracián y compañía se atreviera a decir lo que muchos críticos y diletantes no se atreven: que son charlatanes de lo escrupuloso, calamidades. Macedonio pronunció alguna vez: «No soy lector de soniditos». Cuando sus amigos le reprochaban que perdía muchos de sus escritos, él respondía diciendo que suponer que podemos perder algo es una soberbia, ya que la mente humana es tan pobre que está condenada a encontrar, perder o redescubrir siempre las mismas cosas. Hacia las líneas finales del texto, Borges manifiesta «esto lo viví, pero no puedo comunicarlo», dándonos a entender —de manera insólita— que ni siquiera su pluma es capaz de describir la inteligencia de Macedonio.

Páginas más adelante nos encontramos con Gibbon, aquel hombre que, junto con Voltaire, empleó su extraordinario estilo para manifestar o sugerir que los hechos de la historia son deleznables. Aunque para Gibbon también sirven para entretener y fascinar al lector. También podremos encontrarnos con la curiosa observación de que podemos frecuentar al más tenaz y nebuloso de los alemanes sin mayor riesgo de una contaminación indeleble.

Podremos asimismo encontrar su llamativo texto sobre Kafka: un texto donde se ensalza la literatura de aquel fascinante escritor y donde La metamorfosis brilla por su ausencia. No es de extrañarse, pues en el peculiar Borges de Bioy Casares se lee cómo nuestro amigo Georgie se sorprende de que La metamorfosis sea lo más leído de Kafka y, a la vez, ni siquiera parezca un texto escrito por él. Habrá que tener muy en cuenta esto, pues Borges también escribió Kafka y sus precursores, donde señala la cualidad kafkiana de literaturas totalmente dispares. Es decir, que, mutatis mutandis, Kafka abarca toda la literatura con excepción de La metamorfosis.

Leemos cómo Quevedo era invulnerable a las boberías bestiales de las doctrinas filosóficas; recordamos cómo Shakespeare (junto con Balzac, Dumas, Hugo, Dickens y Thackeray, como bien mencionaba Simon Leys en aquel bello libro) era un escritor menor en el siglo XVII, pues el teatro en ese entonces era como la televisión hoy. De hecho, el teórico Jesús G. Maestro recalca este hecho cuando habla de lo ridículo que es comparar al inglés con Cervantes.

Por último, me gustaría abordar tres cuestiones —de lo que yo llamo rastreo histórico— que tienen que ver con la religión y la ideología contemporánea. Primero recordamos con De Quincey cómo el temor de una muerte súbita fue una invención o innovación de la fe cristiana, temerosa de que el alma del hombre tuviera que comparecer bruscamente ante el Divino Tribunal, cargado de culpas.

Después, en una de las geniales conferencias transcritas que encontramos en el libro, Borges señala que los libros no son relevantes para los humanos sino hasta la llegada de los textos religiosos: el Corán, la Torá, el Pentateuco. Antes de esto —quienes hayan frecuentado los libros de filosofía lo sabrán bien—, los libros no eran valorados como lo son hoy en día. Se valoraba más la palabra hablada (Platón, Pitágoras, Sócrates, Jesucristo). Séneca mismo escribió una de sus Epístolas a Lucilio dirigida contra un individuo vanidoso, quien decía tener una biblioteca con cien volúmenes; y quién —se pregunta Séneca— puede tener tiempo para leer cien volúmenes. Del Corán se dice, por ejemplo, que es una parte de Dios. Nada hay más cercano a nosotros que la idea de que los libros son una obra divina.

A este respecto cabe agregar la tercera curiosidad: Gustavo Bueno establece una conexión muy significativa entre la cultura y la Gracia Divina. La cultura como se conoce hoy en día tiene su origen en La Ilustración, donde, al darse un corte con lo religioso, se estableció asimismo la idea de la Cultura, tomando como ejemplo —involuntariamente— la Gracia Divina. En el ámbito religioso, existía la Gracia Divina: esa Gracia con la que los hombres se diferenciaban de los animales y, por tanto, tenían un acceso al Cielo; en nuestra época, la cultura, de la misma manera, hace que los hombres se diferencien de los animales.

Es indudable que he dejado muchas cosas en el tintero. Ese sentimiento nos acecha siempre que escribimos sobre Borges. Es una tarea laberíntica la de pretender abarcar su ciclópea mente en un artículo, pero espero que mis lectores se animen a atravesar las puertas que he procurado dejar abiertas para conocerlo. Yo, mientras tanto, seguiré revisando con lentitud estas líneas, bajo las peculiares estrellas de este hemisferio.


Bibliografía: Borges, J. L. (2017). Miscelánea I. Ciudad de México, México: Debolsillo.


Imagen: Jorge Luis Borges visita las pirámides de Teotihuacán en el año 1973.

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