Bitácora de una estudiante promedio

Por Ana Elvira Quiñones

 

Suena la alarma a las 6 de la mañana, tengo clase a las 8. Mis ganas de ir a otro día de clases a la universidad son como la suma de todas las fuerzas: cero. Y esto se ve reflejado a la hora de levantarme, pues si bien la alarma suena a las 6, dejo que suene 4 veces más en intervalos de 15 minutos, y al final término levantándome a las 7. Titubeando entre si ir o no ir, pues en toda la semana no había tenido las dos primeras clases. Apurada me levanto, sólo tengo media hora, me arreglo y desayuno algo ligero. Llego a la escuela, faltando 10 minutos para la hora de entrada, siempre he sido muy estricta conmigo misma si de puntualidad se trata. Llego a mi pupitre y me siento a esperar a que el profesor se presente; pasan 10 minutos, 20 minutos, a la media hora me convenzo de que, de nuevo, el profesor de una de las clases más importantes de mi carrera, no llegará.

Y así es como pierdo la primera clase, la segunda, la tercera. La siguiente es física, y si algo he de admirar a mi profesor es que, hasta ahora, es el que menos falta. Comienza así la clase, un poco retrasada, pues entre el tumulto de mis compañeros el profesor no puede tomar lista. Ya entrando en la materia, el día de hoy fue análisis de poleas. Volteo a ver a mis compañeros en derredor y observo que más de 3, en realidad bastantes, están con su celular utilizando servicios de mensajería instantánea, noto que otro se quedó dormido con su cabeza apoyada en su mano y el graciosito que nunca falta, le toma una foto con su teléfono celular último modelo. Está el veinteañero que sigue y entiende la clase, porque sin duda no es la primera vez que lo ve en su vida, y están los de en frente que intentan seguir el ritmo del maestro. Éste, confundiéndose el mismo para confundirnos a nosotros en la resolución del problema, nota que los de atrás no paran de hablar, los cambia de lugar como pasaba cuando estábamos en secundaria, y entre bulla y relajo no termina de explicar el único ejercicio que analizaremos en toda la clase. Y en ese momento me pregunto: ¿Es ésta la clase de educación que merecemos, por la que pagan nuestros padres (he de decir que un precio no muy accesible para ser considerada pública) y la que nos hará “ser alguien en la vida”? La respuesta es no.

Sólo quiero aclarar que no crítico a mi facultad o universidad particularmente, sé que una gran mayoría de las escuelas superiores, media superiores e incluso básicas de nuestro país se encuentran en la misma situación; pues sin duda el problema se ha venido enraizando a través de los años, ya que nuestro país es un recinto de pobreza, desigualdad, cinismo, incompetencia, corporativismo, crimen y opresión. Los anuncios transmitidos por los diversos medios de comunicación nos quieren hacer creer que la educación es un tema que el gobierno trata con prioridad, pero cuando vamos por nuestros hijos/sobrinos/hermanos a la escuela primaria notamos que las instalaciones y mobiliario son deplorables o que incluso en tu misma universidad no se cuenta con el equipo necesario en los laboratorios.

Lo que digo no son sólo conjeturas, pues en los resultados del examen de Pisa 2014, se ve reflejada la calidad académica del país, pues México quedó en el lugar 55 en ciencias, en el 52 en lectura y 53 en matemáticas; es decir, más del 50% de los alumnos de primer año de preparatoria no alcanzan el nivel básico en matemáticas, y que un poco menos de la mitad no han adquirido la comprensión lectora ni tienen la noción de los conceptos elementales de ciencia. Lo que significa que no reúnen los conocimientos necesarios para ingresar a una educación superior, lo cual genera un círculo vicioso en el que al entrar a la universidad (de acuerdo a mi experiencia) los profesores se ven en la necesidad de no exigir un alto nivel, ya que habría un gran índice reprobatorio.

Además, según datos de la OCDE 2014, el promedio de escolaridad en México es de 9 años. Un poco más del 50% de las personas entre 15 y 19 años abandona la escuela. A esto se añade la desigualdad económica, pues la diferencia del índice de inversión en equipo, mobiliario e instalaciones educativos, entre las escuelas de menor y mayor nivel socioeconómico, es la tercera más grande entre los países que presentan el examen PISA.

Las cifras que presente anteriormente resultan penosas, pero cabe recordar que la educación es labor de todos. No podemos culpar en su totalidad al gobierno o instituciones educativas cuando nosotros mismos nos vemos en la ignominiosa situación de conformarnos con aprobar sin necesariamente haber aprendido. Pero tampoco merecemos que si estamos esforzándonos por adquirir los conocimientos, que se supone debe proveernos la escuela, se nos prive de ello por la incompetencia de algunos docentes, por la modificación de retículas cada vez más vacuas o por la corrupción de algunos directivos al no utilizar adecuadamente los recursos destinados a material e instalaciones educativas.

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