Areté de una obra literaria

Por Fernando Rocha

 

Todo texto es discurso y todo discurso es un discurso de la humanidad —ser social le ha arrebatado la originalidad—, y como todo lo humano es para lo humano —latente narcicismo y negación—, los textos literarios tienen una (areté) responsabilidad ontológica pequeñamente enorme: combatir la angustia de la finitud.

Es consabido que la ciencia, el arte y la filosofía son expresiones humanas de angustia ante la nada y deseo de totalidad. Se investiga para conocer y se conoce para controlar; se recrea para relegar (mas no negar) y se piensa para ser, ser para distinguirse.

Palabra: donde, por antonomasia, el medio es el mensaje (recordando a McLuhan) pues dentro de ella se conjuga la forma y el fondo, basta leer Rayuela, Blanco; basta escuchar a los merolicos del metro y de los mercados, contemplar esculturas y pinturas posmodernas, escuchar 4’33 de John Cage; basta acuchillar con el ceño, jugar con los poemojis y la pantomima. Nada se salva. Todo padece palabra. El mundo es palabra. El pacto verbal de Paz.

Por consiguiente, la palabra es, respira en y por todo diálogo, pensamiento, gesto, silencio… Pero la palabra no es una cosa que pueda detonarse, centrifugarse, tenderse, ella se corporiza en la literatura, especialmente desde ahí combate la cosificación, por eso un texto literario posee areté. Las palabras que rezuman de todo lo no textual son palabras sonámbulas: disparadas por el emisor, cada receptor es una interpretación que se suicida implícitamente con ellas. En la literatura se vuelven homicidios explícitos y funcionales: deben relegar o afrontar la angustia por la finitud.

Las virtudes de una obra literaria se hallan en su fondo y forma. Más allá o más acá de un análisis literario, de los personajes, tiempo, espacio y blablablá, desde una postura filosófica un texto en su forma es: normativa, técnica y estilo; y en su fondo puede ser: historia y/o idea.

La normativa es el sostén formal de la obra: ortografía y gramática. Las tildes, los puntos, las comas, los guiones, los espacios, las mayúsculas y minúsculas y etcétera organizan la expresión verbal, ordenan el modo de manifestación del fondo. Podrían rememorarse las obras de Saramago —donde se sustituyen los puntos por comas— o “Cabeza de ángel” de Paz —donde no hay puntuación— o cualquier otro texto donde se prescinda de algún elemento ortográfico o gramático, empero, esta cualidad se transforma en técnica pues la normativa, más que ser calzado del fondo, se vuelve arma.

La técnica trasciende a la forma sin convertirse en fondo, es el modo de suceder del fondo. Juega con la ortografía y la gramática y su intención es alterar la percepción del contenido sin desordenarla. Para ejemplificar una pizca de técnicas recomiendo leer “El grafógrafo” de Elizondo, “En la boda” de Campo, la parte V de “Trabajos del poeta” de Paz y “En defensa de la Trigolibia” de Fuentes.

El estilo es la impresión formal del autor sobre el fondo, es el modo de ser del fondo. Dentro de la forma, es la máxima aproximación al autor pues refleja su figura del mundo al exponer las cualidades constantes de construcción y deconstrucción cognitiva del mundo. Pueden abundar o escasear diálogos, comparaciones, enunciados largos o breves, metáforas, alegorías, alusiones…

Con respecto al fondo de una obra literaria, éste debe combatir la angustia por la finitud humana al presentar una historia y/o una idea. La historia combate desde su capacidad para relegar en el receptor la angustia —cabe aclarar que esta vertiente histórica de la areté no persigue la negación de la finitud, sino únicamente relegarla, amenizarla—, al distraerlo con alguna trama sugestiva. Este criterio es meramente subjetivo, por lo que la areté de la obra literaria puede lograrse desde Don Quijote de la Mancha hasta los best sellers como The fault in our stars y Me before you. Asimismo, la obra literaria puede presentar una idea que ayude al receptor a afrontar la angustia, algún parteaguas en la visualización del mundo del receptor. En cuanto a géneros literarios, es viable decir que la novela y el cuento sobresalen por su historia, mientras que los poemas y los ensayos por sus ideas.

De esta manera, para que una obra literaria sea obra literaria (es decir, que cumpla son su areté) debe presentar mínimamente una historia que relegue la angustia o una idea que la afronte.


Imagen: http://www.rojosiena.com/revista/maria-coutinho-5-ilustraciones

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