Apuntes cassirerianos II

Por Fernando Rocha

Definición del hombre en términos de la cultura

Platón acertó en República al examinar al hombre desde la polis antes que desde su alma. Lo relevante no es estudiar individualmente sino universalmente, y esta universalidad humana es expresada en lo social y en lo político, cualidad y facultad que aproximan y armonizan a los hombres. No obstante, la política es un invento posterior a otros intentos de organizar la naturaleza humana: el mito, la religión, el lenguaje, el arte. Estos predecesores, al ser intentos, manifiestan un fin compartido, una función común. Cassirer escribe que una definición del hombre debe considerar su naturaleza como funcional y no sustancial. La sustancia, sin importar cuánto constituya al hombre, no es humana; en cambio la función siempre lo es por emanar del hombre. En esa función está su obra. Lo humano no está en el hombre, está en su creación. Lo humano es lo común de la multiplicidad del hombre: un proceso creador, una obra, una función de la obra.

Mito y religión

Antes que la religión, el mito. El mito, para comprendérsele, debe ser considerado una ficción carente de razón y producto de la inconsciencia de la mente primitiva. Proveniente de la emotividad y no del pensamiento, su estructura es metamórfica y su visión del mundo es simpatética. Es decir, el mito es resultado de una imaginación que crea sin propósito, es creación pura, por lo que sus productos son variables e indefinidos. Asimismo, percibe al mundo de forma sintética y no analítica: un mundo compuesto por la colectividad de elementos y no elementos que colectivamente conforman a un mundo; pero, paralelamente, los elementos de aquella colectividad están en constante enfrentamiento; es, pues, el mundo para el mito un conjunto de elementos opuestos que, relacionándose, hacen un mundo unificado. Debido a esta cualidad de creación pura, variabilidad y relación de oposición, la vida mítica sólo se presta a la interpretación y no a la explicación.

Por otra parte, la magia emancipa al hombre de la naturaleza al inspirarle confianza en sí mismo y librarlo de la dependencia de las fuerzas naturales. El hombre, cuando tiene fe en lo mágico y realiza rituales que requieren minuciosidad, concentra sus fuerzas en la técnica para el ritual que en otras circunstancias estarían dispersas, y es debido a este esfuerzo por lo que confía en un resultado exitoso, un resultado que exprese la dominación sobre la naturaleza. Es mediante lo mágico por donde el hombre se aproxima a lo divino.

Cassirer escribe que todo mito es religión potencial. Para exponer el desarrollo de la religión, son relevantes el mana, el rol deífico y el tabú. El mana, concepto introducido por R.H. Codrington (1830-1922), es un poder o influencia no sensible, móvil e independiente de donde se establece. Su relevancia y función en la religión es su consagración. Asimismo, Cassirer distingue los dioses funcionales de los dioses personales. Los primeros son deidades de acciones: rigen específicamente actividades que signifiquen para el hombre (p. ej. dioses de la lluvia, de la agricultura…). Los últimos son deidades de cualidades: representan cualidades humanas (p. ej. los dioses homéricos). Por último, el tabú, según F.B. Jevons (1858-1936), es una declaración a priori de peligrosidad, un “imperativo categórico” que produciría la moral al dar al hombre una obligación social, la obligación de evitar el tabú, la maldad.

Cuando llega la predicación de Zoroastro, la religión deja de ser mágica para volverse ética: la aproximación hacia lo divino ya no es mediante la magia sino a través de la moral: el hombre delibera entre lo bueno y lo malo, es prudente si elige la virtud e insensato si opta por la iniquidad; es libre de escoger su destino moral y, al serlo, también es responsable de él. He aquí el tránsito hacia la religión dinámica —según Bergson—, en contraposición con la religión estática. ¿Qué las distingue? La religión estática se fundamenta en una presión moral —el tabú, dice la presión social, está vedado para el hombre porque aquél es inicuo; “actúa por obligación”—, y la religión dinámica en la libertad —el hombre evita el tabú porque tiene un propósito ético inspirado por la misma religión; “actúa para ser mejor; actúa porque s libre”.

Por último, Cassirer muestra la humanidad de la religión y lo argumenta con una de las principales características del hombre: la discontinuidad y, por ende, la contraposición. El mundo prometido por la religión se distingue por trascender lo humano, no obstante, el resultado continúa siendo humano. Si prometiese algo verdaderamente sobrehumano, no podría ser creído por no poder ser concebido. Asimismo “Nos promete una comunión con la naturaleza, con los hombres… y con los dioses mismos y, sin embargo, su efecto es todo lo contrario… se convierte en la fuente de las más profundas disensiones y de luchas fanáticas; pretende hallarse en posesión de la verdad absoluta”.

El lenguaje

Si el hombre inventó un universo simbólico que vistiera al universo físico, cabría preguntarse cómo y para qué fue esta superposición semántica. Asimismo ya se mencionó sobre el sistema simbólico del hombre que media entre un estímulo ambiental y una respuesta a ello, no obstante, queda ignorado qué es lo que se transmite y procesa en el pensamiento, sí, son símbolos, pero los símbolos son una entidad semánticamente variable en sí misma pero no móvil fuera de sí; para que el símbolo fluya requiere al lenguaje.

Primeramente deben descartarse las nociones compilatorias sobre el lenguaje: éste no es un conjunto de sonidos ni de nombres ni de símbolos. Uno de sus medios comunicativos es el sonido, una de sus herramientas descriptivas es el nombre e inteligiblemente proviene del símbolo, mas a ninguno de estos elementos puede reducirse tal facultad física, fisiológica y psíquica.

Cuando el universo físico se le presenta al hombre, éste intenta describirlo. Max Müller (1823-1900) atribuye al mito la causa de que el lenguaje sea necesariamente metafórico y, por lo tanto, ambiguo y equívoco. Es decir, el hombre, al intentar describir al mundo, crea su universo simbólico. Es imposible que el hombre describa acertadamente algo que no es humano, por lo que lo único que puede hacer es reemplazar ese mundo indescriptible por uno que sea comprensible. El lenguaje es un intento de mundo; el universo simbólico es un balbuceo para aproximarse al universo físico. Por eso de la palabra, del logos, mana todo conocimiento. Pero la palabra no siempre fue de meticulosa articulación; antes que construcción simbólica, fue exclamación espontáneo. Los animales poseen un lenguaje emotivo y el hombre cimentó su humanidad cuando añadió un lenguaje proposicional. No obstante, que cada individuo intentase describir al universo físico implicaría diversos universos simbólicos: un universo por cada hombre, lo cual desembocaría en la incomunicación por ser subjetivo el lenguaje. Así, otro requisito para el lenguaje humano es que sea objetivo. Y según Otto Jespersen (1860-1943), la transición del lenguaje emotivo y subjetivo a un lenguaje proposicional y objetivo cuando la exclamación comenzó a fungir como nombre —convirtiéndose así en instrumento del pensamiento—, como símbolo. En palabras del lingüista: “el lenguaje surgió cuando la comunicación prevaleció sobre la exclamación”, cuando los objetos perseguidos comenzaron a ser, más que sentidos, conocidos.

(Mas ¿en virtud de qué es esta nominación? El nombre tiene un vínculo con el objeto físico: debe resaltar alguna cualidad suya, por lo que la nominación depende de una clasificación del objeto y ésta de un propósito humano).

Stuart Mill (1806-1873) expone que la gramática es la correspondencia formal del lenguaje con el pensamiento; es decir, conforme se articula la palabra se articula el pensamiento. Históricamente lo primero es producto de lo segundo, pero en un individuo inmerso en la civilización el proceso es inverso como lo describe Mill: la criatura aprehende un idioma y éste determinará la forma de su pensamiento. Ferdinand de Saussure (1857-1913) distingue entre lengua y habla: lo natural es constituir una lengua, no un habla, ésta es accidental y varía conforme la diversidad humana. De consiguiente, naturalmente el hombre constituye una lengua y accidentalmente el bebé aprehende un habla y su respectiva forma de pensamiento. Esta forma de pensamiento es resultado de una cosmovisión. Dice Wilhelm von Humboldt (1767-1823) que la diferencia entre idiomas es la perspectiva cósmica de cada uno.

Por lo tanto, cualquier estudio sobre el lenguaje debe perseguir descubrir sus cualidades funcionales y no sustanciales. El lenguaje se ha dispersado en distintas hablas pero no en funciones porque su ejecutor es el mismo: el hombre.

De consiguiente, el lenguaje es el medio por el que el hombre construye y aprehende su universo simbólico —éste sólo existe en la palabra.

El arte

El arte ha sido considerado como objetivo-representativo o subjetivo-expresivo.

Para el arte objetivo su propósito es imitar la naturaleza o imitar la belleza de la naturaleza; que la obra artística sea una representación-reproducción de lo exterior. Empero, en esta concepción del arte no hay cabida para el poder creador y espontáneo del artista, además de que la belleza no es el fin del arte sino una cualidad y un medio de la obra. En cambio, el arte subjetivo-expresivo persigue perfeccionar la naturaleza e imprimirle el sentimiento del artista, es decir, reproducir el interior del autor.

Pero Cassirer escribe que no hay arte objetivo o subjetivo, sino arte simbólico: el arte no reproduce, produce; el arte, más que expresar, descubre. El arte consiste en descubrir la realidad al intensificar sus formas con una obra dotada de sentimiento y propósito, su excelencia se mide con el grado de intensidad e iluminación y no con el de infección, y debe proporcionar moción más que emoción. Es decir, el arte es descubrimiento al recrear las formas de la realidad —interpretándolas con intuiciones y no con conceptos—, las formas de ver al mundo, esto lo realiza con una obra investida del sentimiento del autor —dotado de un poder inventivo para elaborar la obra, de un poder personificador para que la obra sea simbólica y de un poder para de producción de formas sensibles para la apreciación estética y manifestación de la obra— y con un fin —la obra no es mera creación sin causa ni propósito—. Con el arte la forma recrea al fondo pues la profundidad de la experiencia humana depende la alternancia de sus visiones de la realidad. Es exclusivo del hombre los ilimitados abordajes de la realidad mediante diferentes visiones. Pero también es exclusivo del hombre, según Shaftesbury (1671-1713), la experiencia de la belleza no mediante los sentidos —como los animales, aunque ellos no perciben la belleza sino lo placentero— sino mediante el espíritu y la razón.

Por último, en la apreciación estética el espectador reconstruye el proceso creador de la obra para percibir el arte de la obra; así la pasión del artista se vuelve acción del espectador. La experiencia estética consiste en la absorción de la dinámica de las formas. Es decir, las formas de la realidad proporcionadas por la obra estimulan al espectador para que éste crea la obra en él y la aprecie desde sí mismo.

La historia

Cassirer ha fundamentado todas sus ideas en un universo simbólico humano, lo ha empleado como herramienta, territorio del mito, del arte, del tiempo…, pero jamás ha escrito sobre el mismo universo. ¿Por qué? Porque el mismo universo simbólico consiste en su ejecución. La memoria, el arte, el mito y el lenguaje no provienen del universo simbólico, son rostros de él. No obstante, si se insiste, Cassirer describe aquí a ese universo, visto desde la forma más próxima: la historia.

El universo simbólico está superpuesto al físico, y si los significados “rezuman” de los objetos no es porque éstos lo transpiren sino porque el hombre los extrae, es decir, el universo simbólico, además de ser obra humano, sobrevive en el hombre. La memoria es lugar para los hechos particulares y significaciones individuales de éstos, pero la historia es el lugar de los hechos que reclaman universalidad y de las significaciones universales de éstos. Los historiadores son quienes construyen estos hechos simbólicos a partir de la reconstrucción de hechos empíricos. La cronología es necesaria pero no sustancial, pero la interpretación es ambas. El universo simbólico provee al hombre de facultades como el lenguaje y la experiencia estética, pero este universo habla en la historia.  Las obras humanas —acciones, documentos, edificaciones, monumentos…— sólo adquieren significación cuando el historiador se las otorga. Empero esta significación no es arbitraria ni ficción, es el resultado de la concatenación de demás hechos empíricos. El historiador conjuga y ordena metódicamente —como una ciencia— hechos para que éstos usen su voz —dada por los filólogos y arqueólogos—, pues su aislamiento se los impide. El historiador hace hablar y descubre al universo simbólico —como un artista— empleando sus herramientas, su deontología y su imaginación.

La historia es la preservación del universo simbólico al ser un enlace entre el pasado y el presente: los historiadores significan las obras del pasado con base en las necesidades del presente pero con la orientación del mismo pasado. Sin la historia, los símbolos morirían paralelamente con quienes los inventaron y sólo sobreviviría un monumento mudo o una acción insignificante.

La historia es necesaria por el deseo de inmortalidad del hombre. El hombre vive en su universo simbólico y la historia comunica sus hazañas a la posteridad.

La ciencia

La función de la ciencia es proporcionar la certeza de un mundo constante y ordenar los fenómenos al clasificarlos con términos que transitaron de lo ambiguo a lo exacto. Esta ordenación permitirá al hombre generalizar las observaciones —obtenidas metódicamente—, transcribirlas al lenguaje matemático y afirmar una constancia del mundo.


Imagen: https://alchetron.com/Ernst-Cassirer#demo

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