Apuntes cassirerianos I

Por Fernando Rocha

Antropología filosófica es la ilustración y explicación de la teoría simbólica y cultural de Ernst Cassirer. Obra breve en comparación con los tres tomos de Filosofía de las formas simbólicas, demostración y exposición de la teoría. El autor persiguió la concisión, la brevedad y la sencillez en la redacción de su obra, no obstante, no advirtió la dispersión que padecerían sus tesis al explicarlas. La base teórica es tan abundante que devora a su edificación. No pretendo clarificar las ideas de Cassirer mediante una síntesis o un resumen, mi deseo no es abreviar su obra sino expresarla pura.

La crisis en el conocimiento del hombre

Conciliando la tesis aristotélica sobre que el fin natural del hombre es el conocimiento con la tesis socrática sobre conocerse a sí mismo, Cassirer esboza en el hombre el conocimiento de sí como principal, natural y necesaria actividad. Natural por la ineludible contemplación humana sobre su mundo; principal debido a que la causa de toda labor es necesidad que se expresa teleológicamente, y necesaria porque para que la vida adquiera valor requiere estabilidad inteligible: ante la mutabilidad del universo sensible, el hombre necesita conocerse a sí mismo para ser fijo entre toda esa fluidez. Es decir, el hombre necesita de una verdad (que lo fije a él) para actuar (en su entorno en constante cambio).

A esta actividad respondieron diversas teorías filosóficas, teológicas y científicas, unas esclareciendo y otras oscureciendo la esencia humana. No obstante, aun con todas las ideas y herramientas acumuladas hasta el siglo XX para solucionar este asunto, el problema se complica: son tantas las ideas y tanta la información obtenida mediante herramientas científicas, que carecen de orden y padecen antagonismo. Cada disciplina postula y contribuye a la pluralidad de formas de investigación, y cada autor expone y contribuye a la multiplicidad de teorías, pero se carece de un método para conciliar y organizar todo ello, por lo que la verdadera contribución es a la complicación para formular una explicación sobre el hombre.

Una clave de la naturaleza del hombre: el símbolo

Definir al hombre como un animal simbólico es más exacto que definirlo como un animal racional, el lenguaje no fue invento de la razón —éste, antes que expresar pensamientos, expresó sentimientos, emociones— sino triunfo de una facultad de semiosis, de producir símbolos. Y esta capacidad permitió al hombre crear otra dimensión de la realidad, vestir al universo físico con un universo simbólico.

Biológicamente, según Von Uexküll (1864-1944), todo organismo se adapta coordinadamente con su medio mediante un sistema receptor y un sistema efector, y la concatenación de los estímulos del primero y las reacciones del segundo constituye un “círculo funcional”. Pero el hombre trasciende: él interpuso un enlace entre ambos sistemas: un sistema simbólico. Prueba de ello es que el hombre, más que reaccionar, responde: sus efectos no son inmediatos como en los animales, son demorados al ser productos del pensamiento.

Cassirer rememora la tesis rousseauniana sobre la corrupción del hombre debido a una facultad natural de perfeccionamiento, sobre la nociva apariencia de la que el hombre se ha cubierto y que lo ha alejado de su naturaleza, de su ser. El propósito de Rousseau era develar al hombre para conocer su verdadera naturaleza, pero Cassirer estudia ese velo humano para tal propósito. El primero lo rechaza por creerla una apariencia que oculta al ser, el segundo lo emplea porque cree que en esa apariencia está el ser.

Entonces el mundo físico se vuelve noúmeno, no sólo por su hermética existencia sino porque el mismo hombre lo ha deformado al formarlo para él. El proceso es irreversible: el universo simbólico se expande conforme se contrae el físico. El hombre “En lugar de tratar con las cosas mismas, en cierto sentido, conversa constantemente consigo mismo”. No puede conocer nada si no es mediante su sistema simbólico. Del símbolo proviene su conocimiento y, como éste es obra suya, todo conocimiento siempre ha de ser de sí mismo.

De las reacciones animales a las respuestas humanas

El desarrollo de la cultura se basa en el pensamiento simbólico y en la conducta simbólica, porque la cultura la hace el hombre, pero el símbolo hace al hombre; el símbolo es, pues, su distinción artificial (pues él la inventó; entonces ¿cuál es su distinción natural? Ese asunto no lo resuelve Cassirer en esta obra).

La frontera que divide lo humano de lo animal es el simbolismo: del lado animal, está el signo; del lado humano, está el pensamiento relacional y el pensamiento reflexivo, y a partir de estos dos emanan las demás facultades y cualidades que se presumen exclusivamente humanas.

Cassirer enfatiza el contraste entre señal y símbolo: el primero es práctico, operador, inmediato, uniforme, sustancial; el segundo designa, es variable y es funcional. Un animal es capaz de relacionar un objeto con una acción: come cuando oye la campana (no una campana), pero no puede percibir la relación. De acuerdo a los experimentos de Pávlov (1849-1936), el animal inmediatamente come cuando se presenta la señal, y esa señal es constante mientras no sea modificada deliberadamente por un agente externo. En palabras de Thorndike (1874-1949): “No piensa, en modo alguno, acerca de ello; piensa justamente ello”. Esta capacidad animal de elaborar signos es producto de una inteligencia e imaginación prácticas, mas el hombre posee una inteligencia e imaginación simbólicas. Y son estas facultades las que le permiten vestir al mundo de él, lo que refuta a las teorías sensualistas como la de Hobbes: que todo pensamiento es representación de lo sensible y, por lo tanto, todo constituye una irrigación de sensaciones que evanescen o se vigorizan. De ser así, quienes estuvieran privados de algunos sentidos también estarían privados de la realidad supuestamente obtenida mediante aquellos sentidos. Mas no sucede así; la fuente del conocimiento proviene de ese universo simbólico que el hombre ha construido, y ese universo no se transmite mediante la vista, el oído, el tacto, el olfato o el paladar. No. Ese universo simbólico transmite su forma desde el lenguaje y, más concretamente, del lenguaje preposicional y objetivo, otra obra humana.

(Baste decir, antes de hablar expresamente sobre el lenguaje, una distinción entre el lenguaje animal y el humano: el primero es únicamente emotivo y subjetivo y el segundo, emotivo, preposicional y objetivo.)

El lenguaje expresa la forma del universo simbólico, por lo que todo conocimiento, más que fondo, es forma. Y si es forma es porque toda actividad, más que proporcionar fondo, proporciona forma.

Del simbolismo surge el pensamiento relacional, el hombre es capaz de percibir y aislar las relaciones entre los símbolos, mientras que el animal únicamente las establece. Pero el animal, según Köhler (1887-1967), aventaja al hombre en cuanto a la capacidad de aislar y destacar una cualidad sensible de un objeto y reaccionar conforme a ella. No obstante, escribe Cassirer: “Pero todos los experimentadores que han trabajado en esta clase de experiencias han subrayado también la rareza, el carácter rudimentario y la imperfección de estos procesos”.

Asimismo, rememorando la tesis herderiana sobre el pensamiento reflexivo, el hombre posee la facultad de distinguir y aislar cualidades y elementos dentro de una diversidad de fenómenos. Es decir, el animal percibe particularidades de un objeto, pero el hombre distingue y aísla dentro de una diversidad. Lo que hace el primero en lo singular, lo hace pluralmente el segundo en lo múltiple.

De consiguiente, el mundo se articula (aprehende) mediante el lenguaje, y para articularlo es menester el símbolo, y del símbolo emanan el pensamiento relacional y el pensamiento reflexivo que constituyen al lenguaje. Y sin lenguaje, no hay mundo. Por eso los afásicos padecen dificultades que les impiden pensar abstracta y universalmente. Están atados a lo inmediato y concreto.

El mundo humano del espacio y del tiempo

Espacio simbólico y memoria simbólica y futuro simbólico. He ahí otras facultades resultantes del símbolo.

Cassirer rememora la tesis kantiana sobre que nada puede concebirse fuera del espacio y del tiempo, que ambos son las formas del conocimiento de la realidad. No obstante, tiempo y espacio no aparecen ni transcurren igualmente para todos los organismos. Se despliega una tipología conforme a la diferente experiencia espacial y temporal: el espacio orgánico, el espacio perceptivo y el espacio simbólico; el tiempo orgánico y el tiempo ordinal (la memoria y el futuro). Todo ser orgánico padece de los primeros: un ambiente que lo estimula y le provoca reacciones, y un tiempo donde ineludiblemente se desarrolla biológicamente de forma que en cada instante es diferente. Y sólo los animales superiores gozan del espacio perceptivo: es la concienciación de su ambiente. Pero sólo el hombre posee un espacio, una memoria y un futuro simbólicos.

Los animales vuelven del espacio orgánico un espacio de acción debido a su inmediata reacción a los estímulos ambientales. En cambio, el hombre —rezagado en aquéllo— vuelve su espacio simbólico en un espacio abstracto. En este espacio abstracto se representa al mundo: más que manipular objetos, se conciben generalmente para visualizarlos distintamente, hallar sus relaciones con demás objetos y aislarlos y localizarlos dentro de una diversidad y generalidad; en este espacio lo relevante no es la verdad de su fondo sino la verdad de su forma. Es este espacio es el que ordena la heterogeneidad del universo sensible para sistematizarlo y nominarlo kósmos —como los pitagóricos.

Con respecto al tiempo, éste puede ser considerado como un proceso que muta a lo orgánico: nunca será idéntico en un instante diferente. Es decir, un tiempo orgánico. Pero el tiempo para el hombre es más que un proceso metamórfico: es un tiempo ordinal y analítico correspondiente al espacio simbólico. Bergson (1859-1941) concibe a la memoria como intensificación, lo que para Cassirer significa “interpenetración de todos los elementos de nuestra vida pasada”. Es decir, la memoria humana, la memoria simbólica, consiste en la reconstrucción mediante la interpretación del pasado. Si una memoria orgánica consiste en un cúmulo de experiencias anteriores e influyentes en reacciones posteriores del organismo que lo almacena, una memoria humana es la interpretación desde el presente de esa experiencia pasada para el presente, donde la rememoración es producto de la imaginación; por lo tanto, el resultado de la memoria es el conocimiento de sí de quien recuerda.

En cambio, el futuro, la otra dimensión temporal, es más presente según William Stern (1871-1938) y es exclusiva del hombre. La conducta reactiva del animal puede desenvolverse hacia un futuro inmediato, pero los efectos no son percibidos y la dimensión futura no es concientizada. No obstante, el hombre es capaz de planear hacia el futuro y anticipar para el futuro. Es consciente de él. Sus actos, más que desenvolverse hacia el futuro —como los animales—, se desenvuelven en él. La conciencia lo hace presente en el futuro. Y esta presencia en el futuro es manifiesta por sensaciones “proféticas”: la sensación-de-que-algo-será. El futuro se siente en la potencialidad de su advenimiento, por su posibilidad.

Hechos e ideales

Cassirer remembra la tesis kantiana sobre la distinción entre lo real y lo posible, algo exclusivamente humano, pues lo infrahumano vive en un mundo de espacio orgánico y perceptivo, que actúa mediante reacciones de estímulos, no concibe lo posible porque no hay cabida en su vida y mundo de inmediatez, y lo sobrehumano excede lo posible porque lo vuelve real, todo lo concebido por ello es ineludiblemente real.

Esta capacidad humana de concebir la posibilidad deviene del pensamiento simbólico: el símbolo no es real pero significa a lo real; no es realidad, es significado. En el espacio abstracto se representa al mundo, allí se reconstruye el pasado —mediante la imaginación— con la memoria simbólica y de él deviene la sensación de futuro, la posibilidad de futuro. Lo posible existe porque existe el espacio simbólico y lo posible se siente porque se siente el futuro simbólico.

¿Y cuál es la utilidad y función de lo posible? Según Cassirer, es “la de reajustar constantemente su universo humano”. Es decir, lo posible también es un intento de realidad, una propensión a ser real. El hombre es discontinuo porque lo posible lo arrebata de un letargo existencial: hace que vire de lo real a la posibilidad hasta que ésta se haga realidad y así sucesivamente. Lo posible es transformación potencial de la realidad. La utopía es ejemplo de ello.

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Es evidente que la singularidad humana es la facultad de crear, manipular y recrear su obra —el universo simbólico— a través de su herramienta esencial: el símbolo. El universo simbólico no debe considerarse como una imitación, una copia, del universo físico; es su significación, pero es con símbolos con los que el hombre crea, recrea y manipula su realidad y la establece sobre lo físico: aísla y distingue cualidades, relaciones; reconstruye el pasado mediante la interpretación y presiente el futuro porque es capaz de concebir lo posible más allá de lo real.


Imagen: https://www.cartoonstock.com/directory/c/cassirer.asp

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