Aprenderé a dormir sin ti

Por Guillermo Alvarado

Tus besos, breves y consecutivos, impregnaban mi piel de tu colonia. Nuestra relación se podía comparar a la manera en como me besabas.

Eras tierno, solícito y educado, cuando llegaban visitas o visitábamos a tu mamá, en privado eras mas cabrón de lo que demostrabas, pero lindo hasta cierto término.

Cuando la pasión se apoderaba de ti, tus besos eran desparpajados, tus labios se encimaron en mi cuerpo, y lograbas fijar mi atención solo en ti, únicamente en ti, aunque sea solo por unos minutos. Consentido y caprichoso, como todo niño, al haber conseguido de mi lo que buscabas, te acomodabas a un lado de la cama, y nos abrazábamos hasta que nos acalorábamos.

Tenías besos diferentes, para diversas ocasiones, besabas con desenfreno frente a mis amigos, me besabas suavemente cuando alguien te reconocía en la calle o cerca de tu trabajo, nunca soltabas mi mano, pero tampoco nunca me besaste frente a tu padre o tu jefe, llegué a pensar que era alguna clase de debilidad para ti, que al besarme demostrabas debilidad o algo parecido, nunca entendí.

Tus besos me embriagaban, pero, los míos no lograban el mismo efecto en ti. Quizás por eso comenzaste a usar alternativas, primero el cigarro y la bebida, después la compañía de amigos entremezclado de compañeras de trabajo.

Tus besos tomaron otro sabor, un sinsabor. Lograban provocar en mi el recuerdo del hombre a quien amaba y admiraba, pero el efecto duraba poco. Comenzamos a distanciarnos. Fue entonces que cambiaste los besos por agresiones, verbales  y también físicas. Nuestro amor murió la primera vez que oculté un moretón en casa de tus padres.

En casa, a la espera de tu llegada, fui recorriendo las manecillas del reloj. Cada noche las horas se acumulaban más y más, hasta que preferí darle la espalda al reloj y conciliar el sueño. Algunas noches llegabas arrastrándote de borracho, olías a todo menos a ti mismo. Supongo que en lugar de llegar, venían a botarte conmigo, otras veces, mientras seguías bajo el efecto etílico, te ponías violento, y afanoso en intimar, nunca te lo permití, te marchabas vociferando nombres de mujeres y cualidades que desconocía de ti, al escuchar el azotón de la puerta, volvía a guardar el cuchillo.

Tristemente llegó el día en que prefería no verte, de tus besos había olvidado casi todo, el dinero escaseaba, nuestra casa no era más nuestra, era un refugio para una tonta mujer enamorada del pasado y era también la prisión de quien en algún momento fue un buen hombre ahora transformado en alcohólico. Un hogar roto que a duras pena servía para dormir un poco.

Las noches pasaban despacio, hasta que llegabas (si es que llegabas), entonces la emoción de verte y no querer verte me mantenía inquieta, desconocía como reaccionarias, dudaba en permitirte tener relaciones o negarte como era costumbre, lloraba por tenerte a mi lado y solo escuchar murmurar ideas inconexas y nombres, las horas se escurrían como lágrimas, y el alba nos encontraba como dos desconocidos compartiendo una cama.

Pasaron así unos meses, tiempo en el que creí podríamos cambiar a bien, pero creí en vano. Aquella noche, estaba nublado, la luna parecía mirar a otro lado, cerré la ventana a las once aproximadamente, me acosté con la misma angustia de siempre, últimamente, era lo único con lo que me acostaba, además de la pijama de franela. Llegaste, pero eso si que fue diferente, llegaste con mayor facilidad que de costumbre, no eran los pasos de alguien alcoholizado. Entraste a la habitación, y te sentaste en la cama junto a mi, te desvestiste sin decir palabra, y después te cobijaste, sentí tu mano recorrer mi cuerpo, fuiste muy rápido y cuando quise aventar tu mano me tomaste entera cargando tu cuerpo sobre el mío, tus golpes borraban cada rastro de mis recuerdos, cada bofetada, cada insulto me hizo olvidar todo lo maravilloso que vivimos juntos. Tu mano en mi cuello me dejo ver tu brazo, y encontrar aquellos moretones de agujas, patalee, intente golpearte, falle cada intento, sentí caerme al suelo, y un dolor muy fuerte en la nuca, después algo frío corría por mi cuerpo, y la noche nublada, con la luna sin luz.

En una caja, bajo tierra, estoy esperando el sueño eterno, tengo memorias de los mejor y más bellos momentos que pase a tu lado, tengo grabados cada uno de tus besos, me cuesta recordar porque te esperaba tanto y no podía dormir hasta sentirte pegado a mi en nuestra cama, el sueño es dulce y placentero para los muertos, en lo que llegas conmigo, tendré que aprender a dormir sin ti.


Imagen: http://shiftthinking.co.uk/wp-content/uploads/2017/09/shutterstock_534102949-800×445.jpg

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