Apología de la bebida

Por Hugo Sánchez

 

Un trago y la puerta giratoria se pone en movimiento: accedo sin mayor preámbulo a un estadio paralelo más denso, más vivo, altamente perceptible, objetivo, parte ficción, parte realidad. Apenas la bebida, con su singular sabor a destrucción, termina de persuadir al gusto y paulatinamente al resto de los sentidos, hasta los más elementales para la efímera y oscura sobriedad, incluso aquellos cuya existencia se ignoraba, caen presos del olor a liberación, a caos; se despojan de toda mecánica imposición y cabalgan sin rumbo fijo en busca de fortuna.

Segundo trago, el espíritu comienza a desnudarse, rompe el cascarón. Atípicos movimientos de corte tibetano, paridos a base de un sufrimiento que es purificación, de un temor que es fundamento, marcan el ritmo de la charla, de la contemplación o del silencio a través de los cuales renuncio a mi piel –lastre de lastres– y me sumerjo en las medicinales aguas de la divina embriaguez: lágrima de poder descendida desde las mejillas de los dioses –bendito sufrimiento, amable llanto–. Montículo entre la llanura que amplifica la visión. Llanura enmarcada por adoquines de paz que procuran alivio. Adoquín que sustenta los pasos vacilantes ávidos de camino. Paso hacia la incoherencia llena de lucidez. Embriaguez: cataclismo catártico de mi beodo ser.

Dialéctico suspiro: tercer trago en la cuenta. La voz que se arrastra con dificultad para abrirse paso entre la resequedad de una boca blanquecina, presagia el insólito advenimiento de lo objetivo. Kilos de verdades se desfundan al instante: rabia, confusión, tristeza, desinterés… son las estaciones por las que el juicio circula y aguarda, previo a la desilusión. Tal vez se deba al sismo interior cuyo epicentro acontece en la mollera; quizá tenga que ver con la fiesta de los sentidos, quienes, hermanados por una suerte de sinestesia, se han retirado a un mejor sitio; acaso obedece al instintivo rechazo social que inspira el borracho de carne y hueso, aquél que vive fuera de los chistes y de las barajas de lotería, probablemente sólo los químicos lo sepan, tal vez sea una experiencia netamente personal. No lo sé. Pero las puertas de la percepción, como las llamaría William Blake, se abren de lleno para mostrarme –la verdad es que en el fondo pretenden asustarme– el corazón, la médula, el núcleo, la esencia, de este triste –por simple– acontecer existencial, en la medida en que el alcohol se apodera de mis venas. Ahora comprendo el adagio popular: “los borrachos y los niños siempre dicen la verdad”.

Llega la pareja de parejas, es decir, el cuarto trago –éste con un sabor poco más amargo, pues mi soledad se ve amenazada–. Un par de risueñas y sensuales hadas verdes –las mismas que vencieron a Van Gogh arrebatándole una de sus orejas– se aproximan a mi escritorio comunicándose entre dientes. Estarán aquí en cuestión de segundos, así me lo indica la borrosa y disimulada vista periférica. Consulto mi reloj y trato de inventarme la presencia de algún mesero – ¿por qué nunca aparecen cuando se les necesita?– como queriendo indicar que es hora de partir. Intento fallido. Vieja táctica de nulos efectos. Las hadas verdes han llegado. Aquí vamos…

-¡Vaya semblante! –exclama la más vieja de ellas mientras extiende su vaso con aires de falsa camaradería.
-Y eso que esta vez dormí más que bien –respondo irónico simulando mi desconfianza.
-¿Qué estás bebiendo? –pregunta la segunda hada.
-Esta vez me serví un “High Ball” de llamas, pues quiero incendiarme hasta las vísceras que están secas como la paja –digo haciéndome el loco interesante.
-¡Pero si esto no es más que un bourbon barato! –afirman al unísono tras haber observado la humedecida etiqueta de la botella que me custodia.
-¡Ja!… No las supuse tan ingenuas –comento despectivamente a fin de imponerme. ¿En verdad es un bourbon? Ni siquiera me había percatado. No importa la sustancia, eso es lo de menos: me da igual una cerveza que el más refinado de los ajenjos. Todo radica –y en ese momento hago una pausa para beber y, a la vez, confirmar el triunfo de mis palabras– en alcanzar la más fina embriaguez y sacarle provecho a la intoxicación. ¿Sabían ustedes, verdosas damas, que el aqua vitae, o sea, el alcohol ha sido el principal motor de la historia? Desde la “hidromiel” hasta la moderna “perla negra”, el alcohol, incluso primero que las mujeres, ha representado la más prolífera y excitante motivación: ¿qué hubiese sido de la mitología griega, de los poetas malditos, de las novelas policiacas, de los existencialistas, de lo surrealistas, de los beats, del realismo sucio, sin un maldito trago de alcohol y sus consecuentes borracheras? O, para decirlo de otra forma, aceitunadas amigas, ¿qué hubiese sido de Dionisio, de Rimbaud, de Poe, de Sartre, de Dalí, de Ginsberg, de Bukowski, sin sus frecuentes borracheras? Así lo enseña la historia: las grandes ideas se bautizaron con alcohol y, en el mejor de los casos, con vómito.

Abro los ojos, tras emotivo discurso, y me percato de que las hadas verdes caminan apresuradas en dirección contraria a la mía; saltan por mi ventana. Me reviso las orejas: están intactas, pronunciadas como de costumbre y aún en su lugar. Por fin se fueron, hadas embusteras: como quisiera presumírselo a Van Gogh. A diferencia de él, gané la partida; cual homérico Ulises me resistí al cautivador canto de las sirenas.

Quinto trago… ¿o acaso el octavo?… ¡Qué más da! Así como los feroces vehículos que devoran carreteras a grandes escalas dejan de mesurar su capacidad en metros para experimentar con los kilómetros, así mi ebriedad, una vez que acaricia su clímax, permuta los tragos por botellas. Desde el momento en que se prende fuego al deseo y se elimina el dolor, todo pierde sentido, incluso el sabor etílico, de manera que lo conducente es jugar con la mente, dejarse abrazar por la perdición.

Mi cuerpo está casi repleto de alcohol: el espíritu flota y reluce al exterior. Tan sólo necesito otro trago para derramar por completo mis ideas, para comenzar con la creación.


Imagen: http://www.taringa.net/posts/arte/19256949/Dos-relatos-de-Charles-Bukowski.html

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