Amor propio: un acto revolucionario

Por Elisa Horta

Actualmente vivimos en un mundo rodeado de diferentes tipos de presión (y no necesariamente atmosférica) que nos obligan a buscar el complacer a cualquiera menos a uno mismo. 

Nuestros padres y la familia, amigos, pareja y compañeros de escuela o trabajo. A nuestros superiores, a la gente con la que sencillamente compartimos el asiento en el autobús o esperamos en el turno de las cafeterías. Muchas veces nos decimos que no les importa, y es cierto, pero la sociedad se ha vuelto sobre sí para intentarnos decir, y demostrar, lo contrario. Ya no somos “sólo nosotros”, si no que arrastramos por doquier las expectativas y necesidades de los demás, sus preferencias y gustos a cuesta de los nuestros y nuestra comodidad, nuestra confianza y seguridad. Dejamos de lado, y muy lejos de nosotros, lo que realmente deseamos a favor de lo que las demás personas demandan de uno mismo. Y no podemos dejar de pensar en ello. 

Muchas veces tenemos dos actitudes en general; la primera corresponde al miedo de nunca ser suficiente por miedo a que la colectividad no nos acepte, mientras que la segunda es la sensación de libertad al saber que realmente no le importamos a quienes no nos conocen y por lo tanto no hemos de preocuparnos por ellos. Pero, ¿por qué nos es tan difícil aceptar la segunda e inmediatamente creer la primera? 

La respuesta no va de la mano con un complejo análisis sociológico que nos podría hablar sobre las diversas relaciones que vamos desarrollando a lo largo de nuestra vida y, al contrario, yace en nuestra individualidad. La respuesta no es lo que los demás podrían pensar o decir, la respuesta es lo que nosotros mismos vemos y creemos. 

El cómo nos vestimos, lo que decimos y escuchamos, lo que nos gusta y lo que no, a dónde vamos y las personas con las que nos juntamos y a quienes amamos, lo que nos apasiona y lo que nos enfurece, nuestros miedos y nuestros sueños (en fin, todo) lo sentimos constantemente regulado por un sistema al que no le interesamos, que no se preocupa por nosotros. Sólo quiere que todos seamos iguales, sin querernos en realidad. 

Pero, para bien, nos tenemos a nosotros mismos. Y cada uno es quien más debe quererse, y amarse, para sobrevivir a todo esto que nos presiona diariamente. 

En un mundo donde todo a nuestro alrededor está construido para buscar que cambiemos, que “mejoremos” sin nuestro verdadero consentimiento y deseo, no hay revolución más grande que la de querernos y aceptarnos tal y como somos. 

Los estándares y estereotipos, las familias y los medios masivos de comunicación siempre esperan la disconformidad de uno para triunfar y enriquecerse, de muchas maneras, a nuestras espaldas, a costa de nuestro verdadero bien. Quieren que la infelicidad personal prevalezca, que uno no se sienta cómodo con quien es para ganar ventaja sobre nosotros y obligarnos a buscar una perfección irreal. 

Comprender esto no es muy difícil, ni irreal, pues una vez que comprendemos lo que realmente sucede detrás de las campañas de ropa, maquillaje y anuncios publicitarios de gimnasios o alimentación, vemos que muchas veces no es para ayudarnos si no para meternos en una caja de la que no podremos salir porque realmente no estaremos lo suficientemente felices como para sentirnos como si perteneciéramos. 

Y no es que no esté bien querer cambiar, el mejorar de verdad, pero eso sólo funciona cuando uno lo quiere y lo hace por sí mismo. No porque una amiga lo sugiere o la pareja opina que es lo mejor, no porque las fotos en Instagram nos lo hicieron creer. Funciona cuando es lo que uno siente que es lo correcto y actúa en ese bello individualismo como otra acción de amor propio, la única clase de amor verdadero. 

¿Qué es lo que nos dice que está mal o bien ser de tal o cual manera? ¿Cuándo se comenzó a exigir que todos fuéramos exactamente iguales, que nos tenemos que llevar a ridículos extremos por personas que jamás nos aceptarán sin importar lo que hagamos? 

El amor propio comienza con la epifanía de la belleza, cuando uno se da cuenta de que todo es subjetivo a las personas en suma y que al fin y al cabo nunca complaceremos a todos en este mundo. El amor propio comienza cuando se va más allá de lo que los demás ven y comenzamos a conocernos desde adentro. Es ahí cuando lo hemos ganado todo, que por fin tenemos una ventaja sobre los demás porque nos hemos dado cuenta de que nosotros somos mucho más importantes que cualquier ridículo dictamen de la actualidad. Y, por cierto, de cualquier modo cambiarán en un par de años; más o menos. 

Después de todo lo que importa es estar bien, estar feliz y tener salud. El sentirse cómodo y fuerte como para enfrentar todo lo que el mundo tiene para nosotros más allá de lo que a nadie le concierne (léase: nosotros). 

Y está bien ser así de egoísta, el creer en el individualismo por un momento porque cuando nos vamos a dormir y despertamos sólo nos tenemos a nosotros mismos. Nacimos solos y moriremos solos, así que no tiene mucho caso el querer tener a todos contentos. Ellos no respiran el mismo aire todo el día y no se quedan hasta el momento más oscuro de la noche. 

El valor que poseemos, la perfección y nuestra realización no la determina nadie que no sea uno mismo. El destruir las expectativas de los demás solo construye puentes y caminos a nuestra propia visión de quienes queremos, y podemos, ser. El amor propio no es más que la revolución más grande del mundo; cuando uno se quiere y se acepta como es todo lo demás simplemente viene y todo lo bueno sencillamente se da.


Imagen: Gentle to the Touch (2009)

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