Amor pasajero (parte II)

Por Hugo Sánchez

 

Atravesamos el andén y abordamos el metro. Esta vez no hubo complicaciones. Los monos se habían ido. Tomamos asiento.

A lo largo de la única estación que debíamos recorrer en esa línea, todo fue silencio. Ninguno de los dos se atrevía a decir algo. Ella miraba con atención la guía del metro situada en la parte superior del vagón. Yo desviaba las miradas de aquellos que dudaban, o se sorprendían, de que estuviese acompañado de semejante mujer.

Llegamos a la siguiente estación.

–Tenemos que bajar aquí –dije al fin.

–Vale –y sonrió de una manera que alteró mis nervios.

Mientras caminábamos para transbordar de una línea a otra, no dejaba de pensar en lo perdedor que era. Una hermosa chica me había hablado a pesar de mi apariencia, de mi semblante, de mi indiferencia, de mi pobreza, y no era siquiera capaz de conversar con ella. Sabía que desconocía mi verdadera historia, así que pensé en mentirle, en decirle que era un exitoso escritor que viajaba en el metro por gusto, en busca de inspiración. Pero era absurdo, ella tan sólo quería que la llevase a su destino, a la puta glorieta. Concluí que lo mejor era retirarme, inventarme algún compromiso y retomar el camino que hasta yo desconocía. El no haber tenido contacto con una mujer después de tanto tiempo me estaba complicando la existencia.

–¿Y a qué te dedicas? –preguntó de repente.

–Soy escritor –dije mientras recordaba que ese mismo día me habían despedido del trabajo.

–¿En serio? ¿Qué escribís?

–Todo lo que se deje escribir.

–Entiendo –y soltó una leve risa–. Yo soy fotógrafa.

–Qué interesante –dije con tal desgana que puse fin a la conversación.

Llegamos al andén de la línea rosa. Con dificultad logramos subir al metro. Estaba a punto de reventar. Quedamos uno frente al otro, cara a cara, cuerpo a cuerpo, la hermosa rubia y el escritor fracasado. De reojo admiraba su belleza, su maldita perfección. Por segunda vez en el día, podía ver los detalles de un rosto. Pero en lugar de acné y cerumen, veía unos dientes perfectos, una piel impecable, una mística sonrisa que atraía hasta las moscas. Ella también me observaba con cierto asombro, aunque estoy seguro de que no por los mismos motivos. Seguramente se preguntaba cómo es que se habían originado tantas cicatrices en mi rostro. Seguramente se preguntaba si es que alguna vez había acudido al dentista. Era un momento extraño. Las personas entraban, las personas salían y yo seguía cuerpo a cuerpo con esa diosa. Un instinto que creía muerto me llevó a cuestionarme que, después de todo, no sería mala idea aprovechar el momento para invitarla a salir. Recordé que no tenía dinero y el instinto se suicidó. A continuación, los argumentos de siempre salieron en mi defensa: tu naciste para otros menesteres, no te ilusiones, es una pérdida de tiempo, deberías estar escribiendo, deberías estar preocupado por tu futuro, que unas nalgas no te desubiquen, eres un perdedor. Así que dejé de mirar a la rubia y me percaté de que tan sólo habíamos recorrido un par de estaciones. Bajé la mirada, y antes de que las puertas se cerraran, salté del vagón. La rubia me observó sorprendida. Aún así movió su mano despidiéndose de mi. Vi como el metro avanzaba, como la rubia se alejaba. Algunos mirones se percataron de la acción y susurraban entre sí sin apartarme la mirada.

–¿Se les ofrece algo? –dije casi gritando y los mirones se alejaron caminando de prisa.

Después de cómico acontecimiento, que para mi era el más importante contacto que había tenido con una verdadera mujer, mis entrañas comenzaron a manifestarse: al hambre no le importaba nada de lo sucedido. Recordé que en mi departamento tenía un poco de pastel que me dieron mis vecinos por compromiso, o por miedo, en una fiesta. Así que me dirigí a la guarida.

Tras acechar por alrededor de cinco minutos detrás de un transformador de energía, corrí hacia la entrada del edificio. Mientras abría la puerta de mi departamento, escuché a mis espaldas:

–¡Ya te vi! ¡Fracso, hijo de puta! ¿Cuándo pagarás la renta, infeliz?

–Pronto, Don Chema. Aguante –dije y a toda prisa entré al departamento.

Estando en casa, de inmediato me dirigí al refrigerador: el esperado pastel estaba repleto de gusanos. Esos malditos insectos se rieron de mi, así que en venganza tiré el pastel a la basura y le prendí fuego. De alguna forma tenía que desahogarme u olvidar el hambre.

Me senté a un costado de la ventana. Limpié un poco de la tierra que la cubría, de manera que tracé un circulo por el que la luz entraba.

Suspiré y después escribí esta historia.


Imagen: http://madriztoheaven.blogspot.mx/2012/02/el-sonido-se-escapaba-del-metro.html

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