Amor pasajero (parte I)

Por Hugo Sánchez

Era el peor de los días malos. Nada funcionaba, nada bueno acontecía. Me habían despedido de mi quinto trabajo en lo que iba del año. El argumento: le caes mal al jefe. La injusticia: no te pagaremos nada de lo que trabajaste en la última semana. El consuelo: te echaremos de menos, tienes talento. “Está bien”, fue lo único que el momento me inspiró a decir. En el fondo, no me importaba. Me sentía aliviado, otra vez a la deriva.

Salí de la oficina que tan sólo me había traído dolores de cabeza debido a su pésima iluminación. La vida en la calle marchaba con normalidad. A nadie le importaba mi despido. No había quién me esperara en casa. Ni siquiera estaba seguro de tener casa a mi regreso. Tampoco tenía en qué ocuparme, así que consulté el bolsillo de mi pantalón: nada. Consulté el otro: unas cuantas monedas pegadas con pelusa que eran igual a nada. “Olvídalo”, me dije al saber que no tenía dinero para un trago de cerveza. Vaya mierda. Era incapaz hasta para destruirme, hasta para costear una soga y colgarme. Lo único que podía comprar era un boleto del metro. Me dirigí a la estación más cercana: San Antonio Abad se llamaba.

Mis pies se movían y no era consciente de eso. En mi cabeza nacían y morían ideas, una tras otra, sin parar. Pensaba en los días pasados y en los venideros. El presente me resultaba secundario, lo obviaba. Seguía moviéndome por inercia, en automático. Era arrastrado y guiado por el gentío. Esquivaba y rebasaba personas. Los veía con desdén. El cuerpo se hacía cargo del traslado, no me necesitaba. Yo sólo pensaba mientras el entorno allí estaba: mudo a pesar de su ruido, sombrío a pesar del día, vacío a pesar de la muchedumbre. De pronto, un hilo invisible jaló mi rostro. Volví la mirada hacia un costado y vi a una mujer rubia. Era hermosa, deslumbrante, excitante. Quizá con menos maquillaje lo hubiese sido más. “Chiquita”, dije para mis adentros. Claramente no pertenecía a ese lugar: su belleza contrastaba con todo. No le di mayor importancia y mis pies siguieron su curso. Cuadras más adelante, tropecé con un grupo de niños ricos que fumaban en la entrada de un restaurante. Actuaban como si tuviesen la vida resuelta. Hablaban sobre temas que parecían importantes. Pensé: “no sé a qué demonios se dediquen, pero estoy seguro de que podría hacerlo mejor que ustedes”. Me barrieron con la mirada como si hubieran escuchado mi pensamiento. Acaso fue por el aspecto. En fin, no me importó y reí un tanto provocativo. La única diferencia era que a ellos los habían visto. A mi todavía no. Soy invisible, quizá jamás me vean otros.

Llegué a la estación. Entregué todo mi patrimonio y recibí un boleto. Descendí por las escaleras y aguardé a que el convoy llegara. El andén estaba repleto de personas. Las había de toda clase. Incluso clases que desconocía. Sólo la premura y la necesidad los unía. Los había molestos por la rutina, molestos por la rutina y el calor, molestos por la rutina, el calor y el hambre, molestos por la rutina, el calor, el hambre y sus gordas esposas. Molestos con sus existencias. Eran el ejército más frustrado de la historia. “Sus vidas no tienen sentido”, pensé. Desperdiciaban el tiempo, se esforzaban por nada y lo sabía porque yo era uno de ellos. Y allí estábamos, esperando al metro que nos llevaría de una cloaca a otra, como lo hacen las tuberías con la mierda.

El convoy llegó y, con ello, lo peor del ser humano. Empezaron los empujones, los codazos, los pisotones y las mentadas de madre. Todos se apretujaron donde estaban las puertas de los vagones. Era imposible no oler el aliento, las cabezas y las axilas de los más próximos. Podía contemplar el acné y la cerumen de un tipo alto y encorvado que estaba a mi lado. Sentía cómo la varilla del sostén de una señora se enterraba en mi codo. La desproporcionada bocina de un vagonero me alejó de las puertas. Mis expectativas de abordar disminuyeron. Un ahogado y prolongado sonido anunciaba que las puertas se abrirían. Los soldados frustrados se preparaban, cual caballo en la línea de salida. Incluso bufaban. El sonido se mantuvo, las puertas permanecían cerradas. El sonido continuaba, cada vez más molesto, y las puertas no abrían. Un sujeto, más desesperado que el resto, abrió las puertas con sus manos. Otros lo imitaron y abrieron las demás puertas. Una avalancha de monos se lanzó para entrar al vagón a toda costa. Nadie quería quedarse fuera. Todos deseaban tomar asiento e ir cómodos por el mismo precio. Y para eso era necesario sacar el tacle ofensivo que llevamos dentro. Qué importaba la cortesía, la civilidad, los imperativos categóricos. Todo se valía. Había una regla implícita que abrogaba todas las reglas. Toda mi vida había viajado en el metro, pero la sorpresa todavía me invadía. No puse resistencia y me dejé llevar. Fui de un lado a otro. Empujé a la izquierda, también a la derecha. Me hicieron regresar. Volví hacia delante de un empujón. Me quedé fuera.

Resignado, no tuve más opción que esperar de nuevo en el andén. Saqué mi celular y continué escribiendo una historia que había dejado inconclusa. Sólo la escritura me hacía sentir grande, diferente, importante. Era la única forma de enfrentarme a las bestias del olvido. Era para lo único que servía mi celular. Mis dedos se movían con velocidad y las letras fluían por sí mismas. Cuando estaba por terminar un párrafo, mis ideas fueron interrumpidas.

–Hola –se escuchó en tono amable.

Era la rubia que antes había robado mi perversión. Tenía la misma cantidad de maquillaje, pero su belleza de cerca era mayor.

–Hola –contesté tras cerciorarme de que se dirigía a mi.

–¿Podés ayudarme? –preguntó de pronto con un acento que confesaba su nacionalidad.

–Ni siquiera puedo ayudarme a mi mismo –y reí.

–¿Cómo? –dijo con sincero reparo.

–Olvídalo. ¿Qué necesitas? –y enseguida guardé mi celular.

–Necesito llegar a… –y consultó una conversación de WhatsApp en su celular– La Glorieta de Insurgentes. ¿Sabés dónde está?

Tardé en contestar. En mi camino no quedaba la Glorieta de Insurgentes. Hace mucho que no me paraba allí. La última vez que lo hice fue cuando, totalmente borracho, dormí en una de sus escaleras, bajo la tenue luz de un 7-Eleven. Después me di cuenta de que en realidad no llevaba camino alguno.

–¿Sabés? –insistió.

–Claro. De hecho, me queda de camino –mentí.

–Perfecto. Vamos.

Continuará…


Imagen: http://madriztoheaven.blogspot.mx/2012/02/el-sonido-se-escapaba-del-metro.html

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