Amaneciendo

Por Guillermo Alvarado

Ovejas balando, el sonido de las gotas del sol bañando un prado, la armonía de un teclado eléctrico, se complementa con las notas del “bajo” de David Gilmour, el trinar suave de las aves adereza por algunos segundos, la melodía va en aumento, Juan comienza a moverse en su cama, son las 6 de la mañana.

“Harmlessly passing your time in the grassland away…” estira su cuerpo, la canción se impregna en las sábanas, no detiene la alarma-despertador, deja que la música fluya, sin abrir sus ojos distingue cada parte de su cuarto, afiches de música lo adornan, mantiene en obsesivo orden su colección de discos, dentro de una caja metálica, escondido, se encuentran su mas grande adquisición, un LP de Animals de Pink Floyd, el disco que lo llevó a conocer la obra de Orwell, primero con Rebelión en la Granja y después con 1984, su mayor inspiración.

Tiene que levantarse ya, el tiempo es un enemigo implacable, ni siquiera durmiendo da tregua. “I’ve looked over Jordan and I have seen…Things are not what they seem.” Bosteza, despertarse siempre le ha causado un esfuerzo mayúsculo, pese a todo, no deja de desvelarse, duerme poco, menos de seis horas, todos ellos duermen poco. “What do you get for pretending the danger’s not real” estira sus brazos, se aproxima su parte favorita de la canción, abre los ojos, un rayo de sol atraviesa su cuarto perpendicularmente, es verano, tres semanas después de lo de Pablo. “A look of terminal shock in your eyes…Now things are really what they seem…No, this is no bad dream.” Se levanta de la cama directo a la regadera, el sonido del agua ahoga la música.

Juan va retrasado, camino a la escuela, de todos a él lo consideraban el más pesimista, a diferencia de Pablo quien se creía era el optimista del grupo, sucede que Juan no lo pensaba así, al subir al camión, la mochila le pesa más de lo normal, hoy le toca a él, justo como el plan lo indica. Hay nerviosismo en sus manos sudorosas, mientras intenta aferrarse firmemente a los barandales cromados del camión, reflexiona, Pablo era un pesimista con fachada de optimista, de lo contrario nunca hubiera accedido a lo que hizo, la esperanza era para él un salvavidas, pero nada podía salvarlo ahora, la esperanza de la que se sujetaba era tan frágil como su voluntad, Juan siente remordimiento de haber insistido en que Pablo fuera el primero. Aunque nunca fueron cercanos, las veces que convivieron juntos el admiraba la actitud positiva de Pablo, en cambio Juan siempre se definía como un pesimista, es ahora, al momento de la verdad que cae en cuenta, en realidad esta es su fachada, y muy en el fondo aun alberga esperanza, la esperanza de que sus planes surtan el efecto deseado, de que se cumpla el único objetivo de todo lo trazado: inspirar al cambio.

Juan baja del segundo camión que toma para llegar a su escuela, camina una calle y aborda el tercero que lo dejara en la entrada de la universidad. Éste último también lleva mucha gente, en su mayoría niños pequeños, la misión de Juan era la mas difícil.

El camión sale del paradero improvisado en una esquina, Juan saca su teléfono celular y ve el marcador del cronometro, le quedan menos de cinco minutos. Comienza la cuenta regresiva, un aire de arrepentimiento se nota en su mirada, como si le costara trabajo entender lo que está por suceder, como si la vida le tomara por sorpresa, como si naciera de nuevo, todo es nuevo, todo es diferente y extraño, confuso y horripilante, todo al mismo tiempo. Juan deja caer su mochila, se agacha, algunas personas han bajado del camión, restan mas niños en compañía de sus padres, abre su mochila y extrae con ambas manos un par de pistolas, cuando la gente se percata de esto, la reacción es la misma en todos, buscan proteger a los niños, de nada sirve, Juan ha comenzado el fuego, dispara sin cesar, directo a los niños, se acaba un cartucho en cada pistola, se detiene y vuelve a cargarlas, algunos han querido escapar, pero el miedo o algún cuerpo se los ha impedido, la sangre y los gritos se ahogan en aquel pedazo de lata, con los cristales rotos por el llanto de los inocentes. Juan inicia una segunda oleada, de sus ojos salen lagrimas amargas, un llanto quedo, que lo estremece cada vez que mira a sus víctimas a los ojos.

Después de la segunda oleada, se cerciora de que nadie haya sobrevivido, las sirenas de la policía se aproximan, Juan dirige una pistola a su boca, llora por no haberse despedido de su madre, por no haberla abrazado una última vez, aunque fingiera que era como cualquier otra vez, llora por los errores cometidos, por los deseos no alcanzados, tira del gatillo y su cuerpo cae sobre el de sus víctimas.

La policía llega tarde, la zona es acordonada, nadie debe salir a las calles, nadie quiere salir a las calles. Durante la noche triplican la seguridad en regiones estratégicas de la ciudad, al siguiente día, de los edificios más altos caen cientos de hojas con las mismas características, un puño blanco en un fondo negro, con la leyenda: “fuimos nosotros.”

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