Adiós, suicidio

Por Hugo Sánchez

 

Posar la mirada en mi persona bajo el lente de la objetividad ha sido una práctica muy recurrente durante los últimos años de mi vida. Esto se debe, no a que me abrace fuertemente un absurdo egocentrismo, sino a que he decidido trazar como principal objetivo existencial a la “muerte”, entendiendo por tal la extinción de mi persona en función de la construcción de un mejor hombre, es decir, la superación. Por ello, yo soy precisamente uno de los críticos más rigoristas de mi persona.

Considero que el principal calificativo que me describe es “inconformidad”. Mi persona siempre se ha manifestado inconforme con muchas de las manifestaciones de esta realidad. Esta virtud –necesaria en todo espíritu crítico, reflexivo y libre– ha hecho posible que con el paso del tiempo mi vida se haya convertido en una verdadera guerrería, pues he tenido que enfrentar diversos obstáculos en distintos terrenos.

De esta perpetua inconformidad, se desprenden el resto de mis limitadas virtudes; soy además reflexivo. La mayoría de los estímulos percibidos por mi mente son sujetos a un profundo razonamiento, el cual en ocasiones quisiera fuera inexistente, ya que es la fuente de la mayor parte de mis pesares. Estoy felizmente golpeado con mi pensamiento.

No menos importantes son mis vicios, los cuales, si bien son menores, no dejan de erigirse como obstáculos en el camino hacia la superación. De manera específica, en ocasiones mi conducta adquiere tintes poco correctos, al grado de que las personas más cercanas a mí han llegado a emitir juicios en el sentido de que soy frívolo, insensible e hiriente.

En esta tesitura, tomando en consideración los elementos internos y externos que me componen, desde hace unos años he decidido firmemente vivir como sólo unos pocos: de manera diferente. Dicha diferencia, lejos de entenderse como la constante oposición al sistema establecido, ha de conceptuarse como la posibilidad con la que cuento para erigir una mejor morada, construir una mejor realidad y hacer lo correcto, previo perfeccionamiento personal, claro está.

Concretamente, en mi vida existe un fin fundamental: hacer de mi existencia un ejemplo digno de ser citado. En efecto, el fin último que deseo alcanzar con mi existencia es ayudar en la medida de mis humanas posibilidades a esta mermada realidad a través del ejercicio de aquellos principios, existentes gracias al genio de los grandes hombres que ha visto desfilar la humanidad. Deseo pues, potenciar mis aptitudes, ponerlas al servicio de la humanidad, y así construir la realidad que todos deseamos: una realidad simplemente contraria a la nuestra, una realidad digna para el ser humano.

Así la existencia se me presenta como una valiosa oportunidad para darle vida a mis pensamientos y verlos encarnados en la construcción de un mejor futuro. La vida, según la concibo, es el medio por virtud del cual mi fuerza alcanzará el fin para la que fue creada: la construcción de una mejor realidad.

Es en función de lo anterior como siempre he buscado allegarme de los instrumentos necesarios para cristalizar mis fines; sabemos que la representación mental de los mismos no es suficiente, se necesita además actuar en la realidad.

Llega un momento en el que la implacable, divina y trágica conciencia del hombre se enfrenta a la impostergable gran disyuntiva existencial: creencia o sabiduría; comodidad o penuria espiritual; apariencia o verdad; doxa o episteme; existencia o vida… subterfugios, paralogismos, autoengaños, ecos generalizados y demás placebos psicológicos, intentan durante algún tiempo hacer de la nuestra, una existencia menos miserable. Sin embargo esto resulta insuficiente, sobre todo cuando se busca alcanzar una vida con sentido, útil, digna de su materia… una vida al servicio de la superación de la humanidad, al servicio del perfeccionamiento social, una vida –en pocas palabras– destinada a la búsqueda de la verdad superior.

Qué hermoso regalo se nos ha otorgado con la vida, ningún agradecimiento será suficiente para opacar el incómodo contraste que en ello existe. Estamos, en este sentido, condenados a vivir bajo la presión de una imperecedera deuda, una deuda que si bien nunca vamos a saldar, debemos buscar la manera de contrarrestarla. Al ser la vida un regalo debemos justificar nuestra presencia en ella, si nada se nos exigió para vivir, que la ejemplaridad de nuestras vidas justifiquen nuestra presencia y nuestra partida. Ésta es pues, la misión del hombre: ayudar a los demás para que así, con su ejemplaridad, pueda justificar su existencia.

La vida es motivo suficiente para consagrarnos a la búsqueda de la verdad, a la búsqueda del tan ansiado pensamiento capaz de cambiar nuestra realidad en pro de la humanidad, un pensamiento suficiente para construir un mejor mundo, aquel mundo que puede y debe ser el principal fin de la humanidad.

El primer deber que el hombre libre debe asumir es precisamente el desplegar, en la medida de lo posible, sus fuerzas en aras de beneficiar a sus congéneres, sobre todo cuando se encuentran inmersos en una atmósfera carente de toda significación, un ambiente hueco, frágil y por tanto, impregnado de miseria, suciedad, pobreza y conformidad lastimosa; ambiente que, bajo ningún supuesto, es apto para el crecimiento de un espíritu superior. En esto consiste la misión de las miradas más profundas, de los más comprometidos, de los hombres más valiosos, de aquellos que han comprendido cabalmente el llamado: de ustedes, algún día surgirá la dicha.

Este es pues, el motivo que me invita a seguir viviendo, pues veo en la vida un terreno fértil en el cual –a través del creciente amor a la sabiduría, a la unión, a la libertad y al profundo sentimiento de igualdad entre los hombres– puede erigirse una mejor morada al hombre. Veo en este plano terrenal la oportunidad de tallar la mejor de mis versiones, la oportunidad para dotar de significado mi existencia y, de esta manera, hacerla útil para la sociedad. Veo en suma que la vida es el camino en el que mi ser podrá ser digno ante mí y ante la sociedad, pues una vida que no se orienta a satisfacer las exigencias de los planos individual y social, está destinada a ser un estorbo. Quiero que mi existencia no sea un estorbo, quiero que mi vida se manifieste en su máxima amplitud y, de esta manera quiero ayudar, primero a mi sociedad y después, quizás a la humanidad, pues a eso he venido, así lo decidí tiempo atrás.

Me temo que tu oferta me es insuficiente. Me despido para siempre: adiós, suicidio.

 


 

Imagen extraída de: http://www.fotolog.com/homedinconito/

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