Acto correcto

Por Miguel Téllez

¿Qué es lo que hace que un acto correcto sea correcto? En estos días le conté de esta pregunta a una pedagoga, y me respondía tres cosas: que sea aceptada por mí, que sea lo que la mayoría acata o algo señalado por algún dios. Sus comentarios me parecieron muy interesantes, ya que todas han sido intentos por responder aquella pregunta, pues se trata de posturas tales como el subjetivismo, contractualismo y la respuesta teológica. Pero, ¿son satisfactorias? Aquí hablaré de dos teorías diferentes que buscan atender la interrogante que planteé al inicio.

Los hechos morales –es decir, aquellas propiedades que nos posibilitan de hablar de que algún acto es correcto o incorrecto-, son reductibles a cuestiones que atañen a la naturaleza del hombre. ¿Qué es natural en el hombre? Me explico. Vemos que algo característico de lo que predicamos ‘ser natural’, es tender necesariamente –es decir, que no puede ser de otra manera- a algo. Por ejemplo, es natural que llueva: se dan ciertas condiciones e inevitablemente ocurrirá tal fenómeno. También es natural que si arrojamos un objeto al aire –tu celular, digamos-, necesariamente caiga al suelo, no flotará ni va a desaparecer. Así las cosas, ¿qué es natural en el hombre?

Algunos creen que el hombre tiende necesariamente a la felicidad. ¿Y en qué consiste la felicidad? La teoría que mencionaré aquí es conocida bajo el apellido de ‘Hedonismo’. Tal postura nos dice que la felicidad es la ausencia del dolor, tanto en el cuerpo como en el alma; además, es la consecución del placer –y el placer se entiende como ausencia de dolor-. Si lo anterior es cierto, entonces aquello que predicamos de ‘un acto correcto’, y lo que hace ‘correcto’ a ese acto correcto es reductible a lo que atañe a la naturaleza del hombre: así que un acto es correcto si, y sólo si, favorece a nuestra felicidad. Podríamos llamar a esta postura como hedonismo individual, si agregamos decimos que el acto correcto es el que ayuda a la felicidad de toda una sociedad –o por qué no, del mundo-, entonces se trata de un hedonismo general –este apellido es invención mía-.

Lo anterior es una intuición muy arraigada en nosotros, pues seguramente cada que te ha tocado obrar de tal manera que alguna acción no debe ser realizada y aún así consideras que esa acción es relevante, es probable que te preguntes por los beneficios que traerá tu decisión. Sin embargo, alguien que guste de molestarte por tus intuiciones, te podría decir algo como: pero siempre, entonces, debes hacer la mejor acción posible y, además, realizarla se trate de quien se trate.

Lo que implica lo anterior es que tú deberías –siempre- buscar la acción que consiga los mejores beneficios, y esto parece muy demandante, además de que supone que podemos conocer todos los rasgos importantes de cada acción y calcular de manera exacta el coste que ocurrirá si hacemos determinado acto: esto suena imposible, pues somos falibles. Hace un momento usé ‘acción’ y acto’ de manera indistinta, te aclaro que no son lo mismo, pues un acto es cuando ya terminamos de realizar una serie de cosas, y la acción es cuando estamos realizando esa serie de asuntos.

Finalmente, lo que nos dijo aquella persona que nos molestó en nuestras intuiciones implica borrar las relaciones especiales que damos por hecho en la vida cotidiana: parece que es innegable que si nos dan a elegir entre la vida de un desconocido o de la de nuestra madre, padre, hijo, esposo, hermano, amigo, etc. Elegiríamos la de nuestro ser querido. Pero, según la crítica, eso no debería ocurrir si de hecho salvar al desconocido trae mayor felicidad.

La otra postura de la que quiero hablar es el nihilismo. Lo que señala esta teoría es que ese asunto de los ‘hechos morales’, no tiene sentido, o mejor dicho, ni existen. Sólo existen hechos naturales –o físicos-, que sí pueden ser calculados y tomados en serio, en cambio, una cosa como ‘hechos morales’, no tiene cabida. Por lo tanto, si no existen los hechos morales, cuando hablamos de que ‘asesinar es incorrecto’, sólo expresamos algún sentimiento o inclinación por hacer o no algo. Es decir, es como si en un partido de futbol, cuando anotara nuestro equipo gritáramos ¡Urra! ¡Gol! Y en cambio, si nos anotaran, gritáramos ¡Buu! Así las cosas, hablar de moral siempre es una especie de ficción, pues no existen de manera seria ni sustantiva buenas razones morales –ni siquiera hay razones morales-.

Lo anterior es un nihilismo extremo: y quién sabe quién podría sostener algo así. En cambio, hay un nihilismo moderado, que también afirma que no existen los hechos morales –quizá por la misma razón que el nihilista extremo-, sin embargo, de ahí no se sigue –dice el nihilista moderado-, que no tenga sentido hablar de moral o tratarla de ficción, podemos hacer juicios morales, y ya veremos si expresan sentimientos o qué, pero los evaluaremos y quizá guíen nuestra de conducta de una manera adecuada.

La visión del nihilista moderado nos puede resultar mejor, pero sigue teniendo ese resquicio de que la moral es un invento que nos sacamos de quién sabe dónde, pero que no podemos hacerle el feo tan rápido y absolutamente.

Dejando a un lado las teorías, yo te pregunto: ¿tú qué crees que haga correcto a un acto correcto? Seguro no tengo que advertirte que la respuesta debe incluir un rasgo universal, pues no tendría mucho chiste sólo predicar que es aquello que alguien acepta, pues caeríamos en el relativismo –y estaría bien maltratar animales o torturar bebés-. No es una respuesta sencilla, pero imagina que aclararíamos demasiado si en algún momento nuestra intuición se concreta y formulamos un buen argumento.


Imagen: http://www.elsenderodelser.com/2015/10/27/el-auxilio-ante-el-desequilibrio/

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