Abstinencia

Por Hugo Sánchez

La noche era inmensa, como nunca. Había comenzado hace 72 horas y resultaba imposible saber cuándo y cómo terminaría. Se trataba de la noche más larga de todas, pues no dependía del sol o la luna, es decir, de la luz o la obscuridad. Tampoco dependía de roles humanos, ni de husos horarios, sino de la ausencia de Ella, a quien Ernesto sabía y sentía perdida.

En medio de esa noche existencial, donde todo era confusión y dolor, Ernesto podía pensar las ideas más excéntricas, sentir las más funestas emociones, escribir los versos más tristes. Sin duda, nada de cuanto es generado por el amor a un ser inasible conoce los límites. No se quiere tanto como en la ausencia. Por eso Ernesto tenía una profunda necesidad de encontrarla y acercarla a como diera lugar, aunque fuese a través de una de sus ilusiones, de un desvarío. No apartaba su débil mirada de las sucias ventanas. Pero desde la habitación 108 en la que se encontraba, Ernesto tan sólo veía un firmamento estrellado, un desfile de asustados astros que, como él, tiritaban, azules, rojos, amarillos, por la desesperación. Alucinaba y su alma no podía aceptar que Ella se hubiese ido, quizá para siempre. Ya no era el mismo: como Ella, como todos, había cambiado o cuando menos lo estaba intentando.

Ni siquiera el extraño canto del viento taciturno, que incluso mitigaba los gritos y quejidos de quienes sufrían alrededor de la habitación 108, rompía el enfermo soliloquio en que Ernesto se sumergía: le era imposible borrar las imágenes de aquellas enajenadas noches en las que Ella, siempre con su rostro albino y su cuerpo teñido de verdosa transparencia, estuvo con él, para él y dentro de él. Ernesto, al tiempo que humedecía sus labios resecos de amargura y ansiedad, revivía con insólita nitidez las innumerables veces en que, tras contemplar sus grandes ojos fijos, la besó para luego hacerla suya. Y ahora todo se había acabado. Un vaso vacío situado en la cabecera de su cama evocaba el penoso desenlace: Ella sería de otros, complacería otras mentes, otros labios, como alguna vez lo hizo con los de Ernesto.

¿Qué importaba si su amor no pudo guardarla? Lo único valioso era la emoción compartida, lo construido: Ella había querido a Ernesto tanto como éste quería a Ella. Lo suyo fue hermoso. Nada cambiaría el pasado y tal vez por eso la despedida, después de todo, no sería tan mala. Incluso resultaba necesaria, oportuna, justa, ante la inevitable destrucción que debe sortear cualquier relación apasionada. Sin embargo, a pesar de las múltiples heridas recibidas, Ernesto se resistía al adiós, a romper su dependencia. Qué largo era el olvido en comparación con la costumbre y la necesidad que le preceden. Así siempre han sido las rupturas amorosas: inagotables fuentes de inspiración para los poetas, lento martirio para los amantes, síntoma bastante normal para los psicólogos. Un crisol de perspectivas. Divina fatalidad.

La noche mental se desvanecía: el delírium trémens, y las reflexiones que incesantemente lo acompañaban, habían llegado a su fin. No quedaba claro si debido a la fortaleza o a la debilidad de Ernesto: una vida renovada o una trágica muerte constituían las opciones. Al interior de la descuidada habitación 108 del “Centro de Rehabilitación Quién como Dios A.C.”, lo único cierto era que Ernesto jamás estaría de nuevo con su querida “Hada Verde”. Ella, de ahora en adelante, sería el absenta, el licor de ajenjo, de alguien más que, a diferencia de Ernesto, sea capaz de soportar sus fulminantes efectos.


Imagen: https://www.gonzoo.com/trends/story/sabes-que-es-el-hada-verde-2794/).

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