¿A quién le pertenezco?

Por Driveth Razo

Aunque suene absurda la pregunta, no es absurda la respuesta. Parece que le pertenezco a los ideales con los que mi familia me educó, a la religión que sigo o que debería seguir, a la forma de pensar que la sociedad me obliga a adoptar, le pertenezco a la escuela en la que estudio o le perteneceré al lugar en el que trabaje. Si, a pesar de que estamos en el mismo siglo XXI, seguimos siendo esclavizados. Esclavizados en alma, más no en cuerpo; o al menos, en la mayoría de los casos, pues la trata de personas es la esclavitud moderna… 

En este texto nos enfocaremos a la esclavitud del alma, de aquellas cadenas invisibles que muchas veces no sabemos cuándo aparecieron o que ni siquiera sabemos de su existencia. ¿Acaso le perteneceré al miedo que me obliga a adoptar una actitud de indiferencia ante las problemáticas sociales? ¿Le pertenezco a los pensamientos de mis amigos para que estos no dejen de hablarme, o se aburran de mí? ¿O tal vez le pertenezca a mi pareja, a sus deseos y necesidades que van sobre las mías, para que no me abandone?

Suenan fuertes las preguntas y a pesar de ello la respuesta en la mayoría de los casos es afirmativa. Sin embargo no nos damos cuenta, pues ya hasta lo hacemos de manera inconsciente. Muchas veces nos autocensuramos y lo pasamos por alto. No decimos lo que verdaderamente pensamos, no actuamos como nos gustaría hacerlo, no somos reales. Sí, existimos en carne y hueso, estamos respirando e incluso viviendo. Sin embargo, muchas veces dejamos de existir como individuos, para existir como parte de una colectividad. 

Creemos que al ser parte de la sociedad, pertenecemos a algo. Nos sentimos queridos y apoyados. Pero, ¿qué sucede cuando tenemos que existir por nuestra cuenta? No sabemos hacerlo. Siempre estamos a la espera de escuchar las opiniones de los demás para opinar, copiamos lo que los demás hacen para encajar, e incluso nos reímos cuando otros lo hacen aunque no nos cause gracia. Cuando se supone que lo colectivo nos debe reforzar… en realidad nos debilita. 

Debilita o mejor dicho limita nuestra personalidad, nuestro ser. No digo que sea malo pertenecer a una sociedad, lo malo es ser la sociedad. ¿A qué me refiero? Pertenecer a la sociedad significa ser un individuo que es parte de un grupo unido por diversos factores, sin embargo esto no significa que todos los factores tienen que ser iguales. Por el contrario, ser la sociedad significa que no hay barreras que separen lo que es el individuo de lo que es la colectividad. Los factores que lo unen a la sociedad son idénticos a los de la mayoría, no se permite tener pensamientos o sentimientos que puedan llegar a ser diferente a las tendencias que se dictan por parte del colectivo. 

El miedo al rechazo o a la segregación es lo que nos hace ser las masas y no pertenecer a estas. Dejamos de pensar por nosotros mismos y empezamos a pensar lo que la mayoría piensa. En vez de trazar nuestro propio camino, dejamos que las opiniones de los demás y las tendencias lo tracen por nosotros. Al cabo, si dejamos que los demás lo hagan ¿en que podríamos equivocarnos? No habría peligro de nada, tendríamos un lugar al cual pertenecer. Sin embargo, al llegar la noche y recostarnos en la cama, nos damos cuenta que al final del día sólo somos una gota más de ese océano al cual ansiábamos pertenecer, pertenecer a la inmensidad.  


Imagen: https://unsplash.com/photos/l6JiEFGaDIQ

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