A los hombres del futuro

Por Hugo Sánchez

Estoy cansado de escribir para los hombres del presente, a pesar del escaso tiempo transcurrido desde que mi pluma perdió su virginidad. Tal parece que no me escuchan o quizá, escuchándome, no me entienden. Esto, en el fondo, es responsabilidad de alguien: bien debo limpiar mis palabras para acercarlas cada vez más a lo común, a lo generalmente aceptado; bien debo limpiar sus oídos para que sean capaces de percibir más allá de la inmediatez, del sonido que apesta a mayoría. Claro es que no descarto, ni siquiera por fingida equivocación, la más triste de las explicaciones: sé que probablemente el ausente eco de mi voz literaria sea consecuencia de la voluntad y no así de la capacidad de los codiciados, por exiguos, lectores.

Y es que hay quienes escriben para jamás ser leídos en el presente. Existen letras que florecen mucho después de haberse cultivado, así como los héroes, quienes no nacen antes o después, sino en el momento preciso. Las letras, y los héroes, constituyen uno de los pocos regalos divinos que no llueven sobre cualquier tierra y sobre cualquier época. Así lo enseña la historia: sólo el espacio-tiempo más privilegiado (o acaso el más enfermo y necesitado) ha servido de cuna a las obras y hazañas de mayor trascendencia para nuestra especie. De ahí que los escritores cuyo fiel auditorio se extiende desde la punta de los dedos hasta la glándula pineal (donde, presiento, descansa la conciencia), y que está repleto de constantes y exquisitos soliloquios (cuando no de ovaciones y aplausos de viento imaginarios), tengamos que preocuparnos por ejercitar, principalmente, una virtud: la paciencia.

Por lo pronto, ante la ausencia de oídos elásticos a través de los cuales mis multiformes palabras atraviesen con el fin de estrellarse en el núcleo del pensamiento, me niego a dejar de asesinar páginas en blanco, o a desconectar el teclado de mi computadora, o abortar cada uno de los brotes de inspiración. En lugar de ello, prefiero rebasar a los oyentes y dirigirme a un auditorio aún etéreo que, por transgresor, se sitúa en un plano venidero. En esta ocasión quiero dirigirme a quienes están por nacer, a los que vivirán con y después de mis ideas, a quienes sopesan estas letras como un clásico, o cuando menos como una arquitectura ideológica digna de estudio. Me refiero a ti, hombre del futuro: saco de carne hastiado de verdades; mente violada por disimiles conceptos; imagen tachada desde el más despreciable de los juicios; proyecto malogrado, no por el fundamento, sino por la ejecución de tus pormenores. Tú, mi futuro lector, que, aún sin existir, te dejas caer en esencia como exigiendo la base literaria que justifique tu alumbramiento. Para ti estas palabras: no apagues los oídos, algún día esta voz será el eco de tus pensamientos, y éstos la voz que en el presente me fue negada.


Imagen: http://significadosdelossuenos.net/sonar-con-el-futuro/;

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