Recuperando nuestros sueños

Por Arturo Castañeda Fernández

En el siglo XIII, cerca de lo que hoy es Nayarit, surgió una tribu de nómadas que vivía de la pesca y de la caza. Ese grupo, que carecía de los elementos básicos para su supervivencia, se mantenía en constante movimiento debido a que varios pueblos del norte de Mesoamérica lo habían desplazado en reiteradas ocasiones.

Guiados por su Dios Huitzilopochtli, trataron de hallar una zona que les brindara la oportunidad de construir lo que siempre habían soñado: un gran imperio.

Después de un arduo recorrido, al llegar a un islote ubicado en la cuenca de México, observaron un acontecimiento extraordinario que parecía ser la señal de su Dios Huitzilopochtli. Tal suceso, significaba que aquel islote era el lugar indicado para dar inicio a su civilización. Desde ese momento, su destino como pueblo conquistador había quedado trazado.

Pero ¿cómo lograrían aquellos hombres erigirse como un pueblo conquistador si ni siquiera contaban con los elementos suficientes para asegurar su supervivencia? La meta que se habían formulado parecía imposible, pues si no tenían asegurada su persistencia, mucho menos podían hacer algo por su futuro.

Afortunadamente, los miembros de aquella tribu nunca pensaron así. Ellos sabían que para alcanzar su sueño necesitaban realizar un esfuerzo extraordinario, pues los obstáculos a superar serían sumamente complejos.

Fue así, como en el año de 1325 comenzaba la historia del pueblo azteca, que en tan sólo doscientos años construiría el IMPERIO MÁS GRANDIOSO DE AMÉRICA.

En un inicio, los aztecas se encontraban sometidos por un pueblo llamado Tepaneca, sin embargo, cuando tuvieron la fortaleza suficiente para luchar, combatieron y lograron su independencia.

¡Increíble!, el pueblo débil, oprimido, desafortunado, novato y sin esperanza se había convertido en el líder de la zona; su poder de voluntad era el responsable de esa gran hazaña, y en el futuro, sería la llave que le permitiría acceder a la grandeza.

Consolidados como nación dominante, los aztecas dieron vida a una gran cultura, cuya filosofía era más hermosa que la propia ciudad de México-Tenochtitlán.

La conducta habitual de esta raza se caracterizó por ser muy racional; buscaban el equilibrio en su vida diaria, condenaban el exceso de sus habitantes, observaban el cielo para descubrir los secretos del universo, respetaban los recursos de la Tierra -pues sabían que si abusaban de ellos el eterno retorno se encargaría de cobrarles cada uno de sus comportamientos reprochables-, se preparaban para desempeñar las funciones que les correspondían y buscaban su perfeccionamiento y evolución.

Con la razón establecían sus normas, con su voluntad las ejecutaban y con su conciencia juzgaban su conducta para premiarse o castigarse, pues tenían claro que la disciplina era el secreto de los pueblos triunfadores.

La educación de los mexicas iniciaba en el seno familiar, los padres enseñaban a sus hijos a ser obedientes, fuertes, ordenados y a controlarse a sí mismos. Las escuelas no se limitaban a ser simples centros de información, pues tenían una misión más grandiosa: forjar a hombres fuertes, disciplinados, reflexivos, seguros, valientes, creativos y críticos que cumplieran su rol dentro del grupo para constituir la sociedad perfecta; en pocas palabras, las escuelas eran fábricas de hombres superiores.

Los mexicas comprendían, plenamente, la importancia de su porvenir, por ello, elegían como gobernantes a los mejores hombres del imperio, pues en sus manos estaba el destino, no sólo de unos cuantos, sino de TODO EL PUEBLO AZTECA.

El carácter de los mexicas para afrontar los problemas les brindó la oportunidad de mejorar sus habilidades, y gracias a ello, pudieron ser destacados ingenieros, constructores, matemáticos, astrónomos, agricultores, pintores y excelentes gobernantes.

La Gran Tenochtitlan era el resultado de todo el esfuerzo y sacrificio de una tribu idealista que nunca renunció a su sueño a pesar de las grandes dificultades que enfrentó.

Aquellos hombres habían cumplido la profecía; su Dios les había prometido tal hazaña, pero ellos, con su voluntad, la habían hecho posible.

Desafortunadamente en Europa se tenía una mentalidad opuesta a la filosofía azteca, lo cual dio lugar al actuar cruel de los españoles que llegaron a América en la conquista del continente.

Cuando los españoles triunfaron arrebataron la grandeza del pueblo mágico y enterraron el sueño azteca; impusieron sus ideas irracionales y su sistema corrupto, suspendiendo así, la etapa gloriosa de los mexicanos.

La caída de los aztecas sumergió el espíritu guerrero mexicano en un profundo abismo del que, hasta la fecha, no hemos podido salir.

El régimen instaurado por los españoles en el nuevo mundo produjo una sociedad de castas que marcó el origen de nuestra desunión, pues los tratos diferenciados que el sistema permitía afectaron las relaciones internas y, como consecuencia, la cohesión social en la Nueva España.

A finales del siglo XVI la filosofía azteca se había perdido por completo; la consideración de bueno y malo dependía de la voluntad de un tirano, y no así, de la conciencia del hombre.  Los integrantes de aquella sociedad perfecta se habían convertido en seres débiles y sin esperanza.

Las escuelas en donde se forjaban a los integrantes del imperio azteca fueron suprimidas y sustituidas por instituciones que contaminaban la mente del pueblo y lo hacía sumiso y resignado.

La confianza de los indígenas se vio consumada cuando les hicieron creer que eran seres inferiores e incapaces de conseguir lo que deseaban. Los españoles pervirtieron las costumbres y atrofiaron la voluntad de aquellos hombres al establecer un sistema en donde el esfuerzo nada importaba. Desde el nacimiento, unos estaban condenados a obedecer y a callar, y otros, a imponer y a castigar.

Cuando los españoles triunfaron arrebataron la grandeza del pueblo mágico y enterraron el sueño azteca; impusieron sus ideas irracionales y su sistema corrupto, suspendiendo así, la etapa gloriosa de los mexicanos.

Hoy día las condiciones nos dan cuenta de que el sistema invasor no sirvió para engrandecer al pueblo, sino por el contrario. Por esta razón, después de observar que el sistema impuesto no funcionó, tenemos el deber de retomar el camino por el que los aztecas transitaban, y recuperar el sueño mexica, con el fin de volver a nuestros orígenes, tomar el control de nuestro destino e intentar alcanzar aquello que quedó suspendido: la gloria.


Imagen: https://img00.deviantart.net/2549/i/2011/147/8/e/tenochtitlan_2_by_8eelze-d3he8no.jpg

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